Se me saltan las lágrimas de la emoción que me produce admirar las históricas imágenes de un premeditado ataque a la libertad humana, con su instintiva defensa por parte del corazón del hombre, en un momento y en un país en el que las conciencias estaban ya muy iluminadas. En un Parlamento joven y esperanzado, recién lograda una fe largamente buscada, y tras un pasado amargo, repleto de tiros y pronunciamientos, alguien trataba de aniquilarlo pistola en mano, despachando sobre la historia de España otro borrón de un plumazo.Era un imposible "no creer" en la Constitución, en la democracia y en la libertad. Y entre el desconcierto y el miedo se levantó un valiente que después de muchos años de vida no iba a renunciar a perder aquella oportunidad para que su patria se pusiera a la altura de su historia y de la de los corazones de las gentes de las ciudades de su territorio que clamaban por mantener ese rumbo político. Él no. Se levantó y se enfrentó a los intrusos con la única arma de la razón. Realizó una de las acciones más nobles y bellas por la defensa de la libertad que ha visto jamás un pueblo a lo largo de su historia política. Un poquito de todos los que le hemos visto está al lado de ese temperamento de caballero, que furioso y sincero sujetó la bandera de la libertad cuando intentaban quemarla esos verdes inocentes. Los nombres propios en la historia son aquellos cuyas vidas pulieron en el cauce del curso de la humanidad.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998