Durante años se lo creyó perdido y luego estuvo su exhibición prohibida en algunos países. Ahora uno encuentra un vídeo -al menos en Inglaterra- y así puede ver en su casa Triumph des Willens (El triunfo de la voluntad), el documental que rodó Leni Riefenstahl por orden del Führer en septiembre de 1934, durante el sexto Congreso del Partido Nazi, en Nüremberg. Dura cerca de dos horas, su visión es fascinante y angustiosa, o así me ha resultado. Esa directora alemana tenía tanto talento cinematográfico que el considerable metraje parece llegar a término en un par de suspiros pese a su material reiterativo y consabido: discursos, himnos, banderas, arengas, multitudes formadas y uniformadas, proclamas, ensalzamiento, lo hemos visto mil veces en otros documentales y en películas de ficción. Pero en ellos aparecen tan sólo momentos, fragmentos, unos pocos planos. Aquí no hay más que eso, y la exclusividad del asunto y su duración lo convierten en algo nuevo. Uno siente el paso de las horas y de las escasas jornadas, uno asiste a aquel congreso y en él se sumerge, incluso alcanza el final con un cansancio casi físico, tal vez contagiado de la tensión y el esfuerzo y la espera y la exaltación continua de las imágenes, nada agota tanto como el fervor.Allí se reunieron, en Nüremberg, más de 200.000 personas, a las cuales se sumaba la entusiasta población. Hacía 19meses, creo, que había ascendido el Partido Nazi al poder, con coacciones pero a través de las urnas (quizá había pasado por el 18% en otra fase). Faltaban cinco años justos para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, menos de dos para que estallara la nuestra civil. Al principio costaba hacerse a la idea de que aquello había pasado de verdad: no ya de que no fuera ficción, sino de que los participantes no hubieran estado llevando a cabo una representación. ¿O sí lo habían hecho? Sin duda, en parte. Ahí, como en todas las manifestaciones nazis, había un esteta detrás, un espíritu artístico cabal, dotado para la arquitectura, el teatro o la escenificación, la música o la musicalidad, los decorados, el vestuario, la armonización de movimientos y hasta la declamación, no en cambio para la literatura. Las masas de "trabajadores", de "soldados", de miembros de las SS y de las SA, de jóvenes hitlerianos y niños hitleritas con sus tambores, no son mostradas solamente en conjunto, sino también de cerca: se les ven las miradas, se les oye hablar o más bien resonar. Suben al estrado los dirigentes del partido: Dietrich, Streicher, Rosenberg, Darré, Ley, Goebbels, Frank, Reinhardt y otros, como teloneros del Guía ansiado.
Es difícil no hacer trampa, o saber si las sensaciones vienen de veras o sólo porque sabemos: lo que pasó luego, lo que estuvo oculto, el horror y el horror. Creo, sin embargo, que a medida que la película avanza uno consigue meterse en ella, instalarse en aquellos días concretos de 1934, y acaso lograr mirar como si viera por primera vez, olvidado de su conocimiento, aunque con ojos de 1998, otra cosa no podría ser. Para esa mirada hay algo indudable, en todo caso: se trata de una reunión masiva, de una celebración y una fiesta y una exaltación, y lo que no se percibe en ningún momento es alegría. Aún menos humor, ni sentido del humor. Ni siquiera buen humor, contento o jovialidad. No los hay en Hitler ni en sus secuaces, no los hay en los militares que de vez en cuando se ven, tampoco en los "trabajadores" ni en los "soldados" ni en los jóvenes ni en los hitleritas, apenas en el pueblo que aclama desde sus balcones al Führer a su llegada o el desfile militar. Y no es que falten motivos para la risa, si no debido a la alegría, sí a la comicidad. Debo decir que no reí, pero sé que en eso sí dependí del saber, del horror y el horror. Pero estoy seguro de que en 1934, cuando aún nadie podía saber del todo, sí me habría reído y burlado, como lo harían sin duda los alemanes de mente clara que no estuvieran hipnotizados. Tan sólo dos años antes, en 1932, cuenta Friedrich Reck-Molleczewen, caballero prusiano y gran autor de un solo libro, Tagebuch eines Verzweifelten (Diario de un desesperado) -no sé de edición en español: tanto lince, tanto lince-, cómo había coincidido en un restaurante muniqués con Hitler, quien se había sentado a la mesa contigua a la suya, solo y sin sus acostumbrados guardaespaldas (era ya una celebridad). Al sentirse observado por Reck-Molleczewen y su amigo Mücke, adoptó "la expresión huraña de un burócrata de poco rango que se ha aventurado en un local al que no entraría normalmente, pero que una vez allí exige que por su dinero se le sirva y trate hasta en el menor detalle tan bien como a esos caballeros de ahí...". Las calles eran ya poco seguras, añade Reck-Molleczewen, así que llevaba siempre una pistola cargada. "En el restaurante casi desierto podría haberle disparado con facilidad. De haber tenido la menor idea del papel que esa inmundicia iba a desempeñar, y de los años de sufrimiento que iba a infligirnos, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. Pero lo vi como a un personaje salido de una tira cómica, y así no le disparé". Esto lo escribió el 11 de agosto de 1936, cuando aún había visto poquísimo sufrimiento, en comparación con el que vino después.
Pero nadie ríe en El triunfo de la voluntad, y sólo sonríe Goebbles, a quien debía de divertir el despliegue de su propaganda. Los jóvenes que contestan ridículas preguntas al unísono, como miembros de una secta; los torcidos dirigentes, los vehementes soldados, los iluminados "obreros", las masas, todos llevan en sus rostros la máxima seriedad. Quizá es eso en parte lo que cautiva, la seriedad, la misma que todavía hoy se ve en los nacionalistas más exaltados u obsesos de cualquier lugar. Al hablar de la patria no se admiten bromas. Lo curioso es que alegría tampoco, sólo ceño y devoción, ira y pomposidad.
Si uno presta atención a lo que dice Hitler en sus monsergas -si el ensayado y grotesco histrionismo del personaje se lo permite-, no oye salir de su boca más que sandeces y simplicidades. Tampoco para entonces disimulaba sus intenciones, al contrario: "Queremos que el pueblo sea obediente", vocifera como jefe de secta, "debéis practicar la obediencia". O bien: "En el pasado me habéis probado vuestra lealtad; en el futuro no podéis hacer ni haréis otra cosa". O bien: "Cuando nuestro partido lo componían nada más que siete hombres, ya proclamó que quería el poder único en Alemania, sin compromisos". O la ruda ecuación con que terminó el Congreso y también el documental, en labios de Himmler si no me confundo: "¡El partido es Hitler! ¡Pero Hitler es Alemania, como Alemania es Hitler!".
¿Y el propio Hitler-Alemania, no ríe él en estos actos de glorificación personal? Tampoco él muestra contento, alegría, jovialidad o buen humor. Sí satisfacción, soberbia, autocomplacencia, pero en ningún momento se deja llevar, envolver o arrastrar, aún menos emocionar. No hay un solo instante en que se embelese, se debilite, pierda el control. Es un hombre vigilante, como si además de la divinidad fuera el maestro de ceremonias que va comprobando, paso a paso, que todo sale como estaba previsto. Se lo nota a menudo impacientado con una impaciencia amortiguada interior; impaciente hasta consigo mismo cuando cumple con sus estudiadas pausas, como si temiera perder la tensión antes de reanudar su arenga interrumpida por vítores (poco o nada Heil Hitler!, sino el verdadero grito oficial, Sieg Heil!). No hay en él plenitud, no hay disfrute. Sus ojos ("como pasas inyectadas en su cara de luna color gris escoria, gelatinosa", dice Reck-Molleczewen) son amenazantes e ingratos, la adhesión le es debida y lo único que pueden captar esos ojos son faltas, fallos. Sólo le vi una vez, tras clamar que le pertenece el futuro y antes de la apoplejía final, esbozar media sonrisa entre aclamaciones y mover los párpados en un gesto cuya traducción sería: "Mira tú, cómo me ha salido hoy; hasta mejor de lo que esperaba". Es el único instante en que podría vérselo más como farsante que como fanático. Ese fanatismo suyo, como el de sus masas, no es jamás enardecido; es frío. No es que él y su gente se exalten al oírse y oírlo, más bien han llegado con la exaltación ya "puesta" y por tanto dominada, asumida, susceptible de dosificación. Hay un componente de automatismo, y así no es tan difícil imaginar que una porción de la ciudadanía cumpliera con sus matanzas burocráticamente, una cadena de destrucción tan aséptica como las de producción: sin dudas, sin espanto, sin piedades molestas. En esto no hay diferencia con las matanzas más modernas. Tampoco hay emoción, ni dudas, ni espanto, en ese Pinochet que sólo ve en sus víctimas un gran engorro, lo mismo que ven ETA y sus coaligados y curas en las víctimas del terrorismo, tan latosas que nos quieren aguar La Tregua. Tampoco hay emoción ni piedad en esa Tregua. Hay algunos discursos que nunca cambian. "He aquí nuestro voto, esta noche", ordena Hitler a los hitleritas: "Cada día, cada hora, pensar sólo en Alemania, en el pueblo, en el Reich, en la nación alemana y en el pueblo alemán". Sólo. Sólo. Resulta increíble el éxito de la seriedad, el éxito de la monotonía. Reck-Molleczewen había visto a Hitler otras tres veces, antes del día de la Osteria Bavaria. Le había recordado siempre a un maître en el acto de agarrar una propina furtiva. En aquella ocasión le pareció de chiste, y no se le ocurrió meterle un tiro. "No habría servido de nada, en todo caso", añade en su anotación del 11 de agosto de 1936: "En los consejos del Altísimo, nuestro martirio había sido ya decretado. Si en aquel punto se hubiera cogido a Hitler y se lo hubiera amarrado a las vías del ferrocarril, el tren habría descarrilado antes de alcanzarlo". El 16 de febrero de 1945 fue el caballero Friedrich Reck-Molleczewen quien recibió un tiro, cumplidos ya sus 60 años. Se lo pegaron en la nuca, seguramente con seriedad, en el campo de concentración de Dachau.
Javier Marías es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998