LUIS DANIEL IZPIZUA El fútbol es un deporte tan noble y tan aburrido como cualquier otro. Noble como ejercicio y soporífero como espectáculo, es este segundo aspecto sin embargo el que lo convierte en un fenómeno social de gran impacto. El fenómeno puede resultar chocante si nos atenemos al juego en sí, monótono, patatero y limitado a tres o cuatro golpes de ingenio por partido. No, ese juego no da para el fervor, a pesar de la inteligencia que atribuyen los comentaristas a algunos jugadores y a ciertas carambolas. El fervor, en realidad, se le añade. Es un deporte magnetizador de fervores ajenos, como una cinta cazamoscas que en lugar de insectos capturara pasiones. Lo que queda por dilucidar es si las captura o si las genera; para ser breves, si el fútbol atrae asesinos como el que mató a Aitor Zabaleta o si los fabrica. Tras el miserable asesinato del joven donostiarra, directivos y comentaristas han tratado de aislar el suceso, arrojándolo, cual si de un balón se tratara, fuera del mundo del fútbol. Aislado el mal, y excluido del medio en el que se manifiesta, ese mundo resta virgen y sin mácula, como si nada tuviera que ver con el suceso. Los asesinos del estadio serían skinheads, o fascistas, o antivascos. Este diagnóstico, sin embargo, ni es cierto ni es falso, sino todo lo contrario, y resulta autoalimentador de la nefasta barbarie. Concluyamos que, en efecto, son skinheads o que son fascistas. Lo serían también si no fueran al fútbol, luego constituyen un elemento adherido, no intrínseco a éste. Pero la verdad es muy otra. El asesino de Aitor Zabaleta es un skinhead, es sólo un skinhead, a partir del momento en que cometió su crimen. Antes de cometerlo era algo más que un skinhead o un fascista; era, en realidad -y digámoslo sin tapujos- fundamentalmente ese algo más: una pieza esencial del engranaje del fervor futbolístico, un excitador o un conductor de ese ambiente necesario para que se produzca el reventón de adrenalina. Y para eso hace falta ser un energúmeno. ¿Lo era ya antes de que el fútbol lo captara para desempeñar su alta función, o fue generado por el mismo fútbol? Lo fuera ya antes o no, es evidente que el fútbol lo mimó, lo cuidó, lo cultivó, lo amparó. De simple delincuente callejero hace tiempo que hubiera terminado en la cárcel. Como energúmeno futbolero, en cambio, tendría futuro... si no hubiera traspasado ese límite. Uno es de casa si juega en los bordes del límite, pero si los traspasa se convierte en un alien. El asesino skinhead y fascista era además antivasco. Hay incluso quien ha llegado a afirmar que lo que realmente perseguía era matar a un vasco. Otro falso diagnóstico, o sólo cierto a medias, ya que es muy posible que ese forofo skinhead quisiera, en efecto, matar a un vasco... ese día. Otro día querrá matar, por ejemplo, a un merengue. Y es que una de las características de los monstruos es que son tremendamente coherentes. Un energúmeno, una vez puesto en marcha, necesita vitaminas para alimentarse, para nutrir ese odio que da cuerpo a su papel. Y busca esas vitaminas en cuatro pastillazos ideológicos de tres al cuarto. No se puede ser energúmeno el día del partido y militar el resto de la semana en un grupo fascista. No, el ser energúmeno requiere crearse enemigos, camadas, clanes, banderas. De ahí que no sea correcto interpretar ese fenómeno como si fuera básicamente político. Lo es en la medida en que es político el fenómeno futbolístico, pero convertir el asesinato de Aitor Zabaleta en una manifestación del odio de los españoles hacia los vascos sólo sirve para generar más energúmenos: esta vez del otro lado. El fascismo parece ser una aberración connatural a las sociedades modernas. No es lo peor que nos pueda ocurrir que vaya a refugiarse en los deportes de masa, y en especial en el fútbol. Pero reconozcámoslo, y dejemos de engañarnos considerando el deporte como el lugar de la inocencia y la nobleza. No puede serlo esa actividad en la que se blanquean dineros mafiosos; se utilizan drogas, no para curar el alma, sino de forma programada y asesina; se generan criminales como el que mató a Aitor Zabaleta. Esa actividad cobija fascismo. Dicen que para sublimarlo, pero me pregunto si no estará produciéndolo a raudales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998