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Tribuna:LA HORMA DE MI SOMBRERO

"Ce sont souvent des amours secrètes..." JOAN DE SAGARRA

París, estación de Austerlitz. Faltan 12 minutos para que el Talgo Joan Miró salga con destino a Barcelona. Me da tiempo para tomarme una copa y husmear en el quiosco. Ceci est bien une pipe, de San-Antonio. En la portada, por si quedase alguna duda, se ve a un hombre, tirando a calvo y aparentemente feliz, repantigado en su sillón, con el periódico en las manos y la pipa en los labios, abierto de piernas, para que la criadita, de rodillas, le haga eso, una pipe. Un Magritte-cochon de 322 páginas que no pinta mal -a mí me encanta San-Antonio-, pero que me mantendría despierto hasta medianoche (el tren sale a las 20.47). Solea, de Jean-Claud Izzo. Gallimard, Série Noire, 250 páginas. Eso me lo zampo yo en algo más de un par de horas y, además, el polar transcurre en Marsella: "Quant à Marseille, ma ville, toujours à mi-distance entre la tragédie et la lumière, elle se fait, comme el se doit, l"écho de ce qui nous menace", escribe Izzo en la contraportada. La foto del tal Izzo me resulta simpática. Pago los 42 francos y me meto en el gusano -ya me han hecho la cama- con mi Solea. La novela policiaca de Izzo no es una gran novela, es una de tantas, más bien mediocre por lo que a la intriga, a la atmósfera - "l"atmosphère!", que decía en un célebre filme Léoni Bathiot, más conocida por Arletty- y al lenguaje se refiere. No es ni un Chandler, ni un Simenon, ni un Chase o un Manchette. Ni lo pretende. Izzo juega la carta Manolo: una floreada mezcla entre el feuilleté de sardines, los informes sobre la Mafia y la corrupción en Europa de los jueces comunitarios reunidos en Ginebra, entre ellos Baltasar Garzón Real y Carlos Jiménez Villarejo; un pastis en el Bar des Maraîchers, mientras se escucha la voz de Ferré: "Je sens que nous arrivent / des trains pleins de brownings, / de berretas et de fleurs noires / et des fleuristes prépaprant des bains de sang / pour actualité colortélé...". La Solea de Miles Davis, convertida en columna vertebral -junto al rap de los chicos (de los barrios) del norte- de una Marsella vieja y nueva a la vez, en la que los nietos del alcalde socialista Defferre votan hoy al Frente Nacional, en la que Fonfon, después de la fusión de Le Provenzal y Le Méridional, se pone a leer La Marsellaise, porque "il n"aimait pas les journaux mous. Il les amait de parti pris. Même s"il ne partageait pas leurs idées". En la que el Mediterráneo se vive como un lujo sin futuro y los enamorados citan a Camus: "Elle se retourna vers moi, et ses yeux brillaient d"un bonheur passé. "Ce sont souvent des amours secrètes"..., commençai-je. "Celles qu"on partage avec une ville", poursuivit-elle, un sourire aux lèvres". La Marsella de Izzo no está lejos de la Barcelona de Manolo Vázquez Montalbán, y de sus epígonos; ni de la novelística que despiertan ciertas ciudades mediterráneas en las que la vela latina se mezcla con el higo chumbo, en las que "la présence de l"étranger est dans la nature des choses"; en las que la trompeta de Davis se mezcla con el rap de los jóvenes de los barrios marselleses del Panier y de Belsuce, con la Fonky Family, y el Troisième Oeil de los barrios del norte. En que Gian Maria Testa canta: "Un po" di là del mare c"é una terra sincera / comi gli occhi di tuo figlio quando ride". Jean-Claude Izzo, si no ando equivocado, debe de pertenecer, aunque sólo sea espiritualmente, a aquella generación del Mayo del 68, de las barricadas del barrio Latino, que gritaba, entre otras cosas: "Cours, camarade, le vieux monde est derrière toi". Cuando lo único que tenían rozándoles el culo eran los CRS y sus pelotas de goma y sus gases lacrimógenos. ¡Lo que llegaron a correr aquellos viejos camaradas! Algunos llegaron a ministros y otros, más modestos, se detuvieron en el sur del país, en la France sauvage, y se pusieron a hacer quesos de cabra y a leer Giono. A Izzo, en cambio, le dio por escribir polars y a citar al poeta marsellés Louis Brauquier -"je ne connais des îles lointaines..."-, excelente poeta, y a lanzar un inesperpado y sorprendente homenaje -¡en un polar!- a Les Cahiers du Sud, la revista de Jean Ballard, la revista de Marsella que éste "avait créé en 1943, la plus belle revue littéraire de ce siècle", dice Izzo (pág. 86). ¿1943? No. Les Cahiers du Sud nacieron, con esa denominación, en 1925 o 1926, cuando Ballard le cambió el titular al Fortunio (1914) de Pagnol. Fue hasta 1966, el año de su desaparición (Joan Triadú le dedicó una necrolótica en La Vanguardia, o en Serra d"Or), una de las mejores revistas literarias de Europa. Yo la pillé en el Ateneu, en los cincuenta. Números atrasados (de los treinta, los mejores: Gaillard, Crével, Artaud, Audisio...). La misma tarde, en París, dos horas antes de subir al Joan Miró, había comprado en la Rue Visconti, en la librería de saldos de La Hune, un número de Les Cahiers du Sud, por 30 francos. Uno de los últimos, el 390/91. Con textos de Gracq, de Mandiargues, de Audisio, y un par de poemas de Brauquier. Entre las páginas venía la dirección de la suscriptora, una señora de París, Mme. Colomba Voronca. 36, Rue de la Goutte d"Or. París (18è). No me extrañaría que Mme. Voronca saliese en la próxima novela policiaca de Izzo. ¿Y si escribiese yo una sobre la tortuga mafiosa del Ateneu, la tortuga Voronca?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999