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FERIA DE SAN ISIDRO

Vicente Barrera, herido de pronóstico reservado

La gravedad de una cornada se lee en la respiración de los banderilleros. Vicente Barrera está en la enfermería. Un revuelo de subalternos entra y sale. Su expresión seria, la viva imagen de la preocupación. Sin embargo, su paso es quedo; su aliento, calmo. "Están mirándole", dice parco Vicente Yesteras, de la cuadrilla del herido. Pocos minutos después, la conclusión corre a cuenta de uno de los empleados de la plaza: "Es una cornada superficial. Hay que abrirle y, en consecuencia, no podrá torear". De otro modo: herida de respirar tranquilo. Nada que ver con la aceleración pulmonar del percance que se vivió días antes con Miguel Abellán como protagonista.El parte médico termina por despejar las últimas dudas. "Herida por asta de toro en tercio inferior, cara interna, de muslo derecho...", inicia la pulcra caligrafía del informe. Lo que sigue, señal inequívoca de relajación, da pie a un requiebro con chiste: "...con orificio de salida en cara anterior del muslo derecho". "Lo raro", apunta un espontáneo lector, "es que hubiese salido por el otro, por el izquierdo. Eso sí que sería grave". La puerta de la enfermería no es el mejor lugar para lucir gracejo... pero también. Al final, 15 centímetros de cornada y contusión de la rodilla con pronóstico reservado. Se lidia el cuarto toro y el valenciano parte rumbo a la clínica de La Fraternidad. A su alrededor, la respiración en calma.

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A prueba

La plaza, por su parte, sin resuello. "Esta ha sido una de esas corridas que pone a prueba a los toreros", empieza El Cordobés y continúa: "No ha habido manera de dar un pase bueno. Todos los toros han ido a peor y en cualquier momento te podían meter para dentro. No humillaban, iban con la cara alta... Muy peligrosos". Y entre el parte de bajas, un brillo de satisfacción: "Eso sí, se ha intentado y se ha estado como se debe estar en Madrid".Sobre el último de la tarde, el diestro justifica su gesto de correr al centro del redondel y brindarlo al público. "Había que intentarlo", insiste, "nunca se sabe. Quién dice que no se podía venir arriba y embestir para bien. En esta plaza con 15 o 20 muletazos que des buenos es suficiente. Pero nada... Se venía al cuerpo... La decisión siempre hay que tenerla a flor de piel y no quería irme de la feria de vacío". Aquí se detiene e inicia una reflexión con un ligero aire aporético: "Sólo quedaba el recurso de dejarse coger. Pero... no creo que esa sea forma de triunfar en Madrid. Además, que quede claro, los toreros nunca se dejan coger".

Sobre los otros dos toros, el matador reparte improperios en equilibrada exhibición de desánimo: "El primero era noblón, pero se paró en seguida y no humillaba. El segundo, lo mismo. Si la muleta iba baja, se caía. Si a media altura, buscaba las zapatillas. Nada". Y tras el "nada" suspira. En los tendidos se resopló. Y en la enfermería, calma respiratoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999