Hace años trabajé en una especie de gestoría, donde había un oficial de segunda, o quizá un jefe de tercera, no me acuerdo bien, muy demacrado y con las uñas llenas de nicotina. Un día telefoneó desde una pensión de la calle Atocha y me dijo que acababa de abandonar a su mujer, de manera que no tenía ánimos para presentarse en la oficina.-Dile al director que me he puesto enfermo. Me pidió también que me acercara a la casa de la viuda (así se refirió a su esposa) y metiera en una maleta sus camisas y una carpeta azul, de gomas, en cuya cubierta ponía Correspondencia.
-Lo guardas todo en la oficina -añadió-, y en un par de días, cuando me organice un poco, paso a recogerlo. No pude negarme, aunque me pareció un encargo algo siniestro, así que a la hora de comer tomé el metro en Núñez de Balboa que me llevó directo a Callao. Vivía en una casa sin ascensor de la calle Preciados, muy antigua, con el portal de madera y el espacio lleno de ecos, de fantasmas quizá, yo era muy miedoso en aquella época. En el primer piso había dos hostales y en el tercero tres viviendas con mal aspecto. Llamé a la suya y me abrió una rubia sucia, con una bata muy ligera, aunque larga, masticando una corteza de pan.
-Soy amigo de Sergio -dije-, me ha encargado que le recoja unas cosas.
La mujer me guió hasta un dormitorio con la cama deshecha, sobre la que había una maleta abierta llena de ropa de hombre colocada de cualquier manera.
-Es toda tuya. ¿Dónde se ha metido Sergio?
-Creo que está en una pensión de la calle Atocha -dije acercándome a la maleta para cerrarla.
-Pues dile que se pudra.
-De su parte.
Arrastré el bulto por el pasillo, pero de pronto me acordé de la carpeta azul, con gomas, donde ponía Correspondencia.
-Tengo que llevarme también una carpeta.
La rubia se perdió en las profundidades del pasillo y volvió con una especie de víscera de cartón que tomé con la mano libre. Ya en la calle, me di cuenta de que había tenido noticia en poco tiempo de todo lo que detestaba en la vida: las pensiones del casco antiguo y las peleas matrimoniales. En esa casa no había reinado la paz conyugal un solo día. Yo había llegado a Madrid a triunfar, no a ver aquellos espectáculos que me ponían tan mal cuerpo. Eso es lo que me dije en el metro, de vuelta a la oficina, con las dos manos ocupadas y el sudor estropeándome el cuello de la única camisa decente que tenía.
Metí la maleta en un archivo metálico, fuera de uso, y guardé la carpeta verde en un cajón de mi escritorio. Por la tarde, me llamó el director y estuve despachando con él asuntos de rutina. Preguntó si sabía algo nuevo de Sergio y le dije que no. Había mucha gripe y aceptó que tardaría dos o tres días en venir.
-Siempre se pone enfermo a fin de mes, cuando hay que preparar las nóminas. Le prometí que yo me encargaría y volví a mi mesa. Los días eran muy cortos y a eso de las cinco y media empezó a oscurecer. Entonces llamó Sergio y le dije que estaba todo arreglado.
-¿Y la carpeta verde también? -preguntó con cierta urgencia.
-También, no te preocupes.
Después de colgar me entró una tristeza incontenible. Al fin y al cabo, yo también formaba parte de aquellas vidas agrietadas. Si no llevaba cuidado, acabaría en una pensión, abrazado a un paquete de cartas de amor. Dije cartas de amor porque eso es lo que imaginaba que habría en la carpeta verde. En cierto modo, tenía derecho a leerlas, para hacer frente a los avatares de mi propia vida.
Un poco avergonzado, pues, saqué la carpeta del cajón y la abrí. Tenía algo de sarcófago, con sus manchas de humedad y papeles muertos o agonizando por todos los lados. Lo que más me sorprendió es que no vi sobres con direcciones escritas a mano, como era de esperar de una correspondencia íntima. Todas las cartas eran del banco y de la compañía del gas o de la luz. La más personal era una felicitación por su cumpleaños del director de unos grandes almacenes. Y estaba falsamente manuscrita. Sobrecogido, lo guardé todo en su sitio y metí la carpeta dentro de la maleta. A la semana siguiente, cuando Sergio volvió, me despedí de la oficina decidido a probar suerte en otra actividad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999