Si parte del dinero que se ha movido en la organización de la final de la Copa de Europa de fútbol se hubiera invertido en los refugiados que padecen la guerra de los Balcanes, quizá -y sin quizá- hubiéramos contribuido un poco a borrar tanto dolor, tanta miseria. Europa: ¡qué cerca y, sin embargo, qué lejos!-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de junio de 1999