De todos es sabido que la contaminación acústica -tan coreada en los últimos tiempos- es un mal que aqueja especialmente a las zonas urbanas. La vida diaria provoca ruidos a los que casi nos vamos acostumbrando: los motores de los coches, las bocinas de la euforia futbolera, y por si esto fuera poco, en estos días de campañas y elecciones, otros cláxones se han sumado a los habituales: los automóviles propagandísticos tatuados de siglas, de "líderes" sonrientes y de eslóganes, que exhiben piercings de altavoces en el techo a toda pastilla. Pues bien, ni las calles son discotecas ni los ciudadanos somos rebaños a los que hay que silbarles para que vayan por aquí o por allá. Me he tenido que taponar los tímpanos con cera. Al menos hasta hoy. Día de descanso. Más que nunca.- . .
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de junio de 1999