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Tribuna:

Virgen

DE PASADAGabriel Díaz Berbel hizo la semana pasada el vía crucis desde el despacho de alcalde al palomar (esto es, el columbario donde los concejales de la oposición empollan las mociones) pero antes lanzó a su sucesor un órdago, el órdago de la Virgen. Hace cuatro años, cuando Berbel tomó posesión de la Alcaldía, apareció en el Ayuntamiento abrazado a una imagen de la Virgen de las Angustias. La escultura pertenecía a su familia y muchos años antes de ganar las elecciones había jurado que lo primero que haría cuando llegara a alcalde sería proceder al solemne traslado de la imagen. La colocó en un lugar preferente y desde entonces ha guiado, por desgracia con escasa fortuna, los matices de su verbo desbordado y la campaña para su reelección. Los santos, como se ve, no suponen una garantía para la impunidad de los políticos; los santos callan, como almas minerales, pero no siempre otorgan. Ellos sabrán a qué razones, de piedra o escayola, confían sus recompensas. Lo cierto es que Berbel se ha ido y ha dejado a la Virgen y al órdago. En realidad, la ha donado al Ayuntamiento, pero con la condición de que el nuevo alcalde, José Moratalla, no la saque del despacho. Si así ocurre, la Virgen volverá a su legítimo propietario. O Moratalla acepta la intervención mariana en los asuntos mundanos o la Virgen pasa a manos de Berbel. El órdago es, sin embargo, más de tipo espiritual que material. Pues ¿qué ocurriría si la Virgen irradia sobre el triunvirato de Granada la misma desapacible fortuna que sobre el anterior alcalde? Asuntos teológicos menos comprometidos han entretenido a los arzobispos durante siglos. José Antonio Aparicio, el portavoz socialista, antes de adoptar una determinación, debería consultar con el confesor municipal, si es que tal figura consta en el escalafón del Ayuntamiento, o, en su defecto, con el edil cuyas funciones se pueden equiparar a la de confesor o sacristán. También es una buena solución que Moratalla consulte con el taxista que lo trae al Ayuntamiento. Los taxistas son la conciencias ambulantes de las ciudades, los herederos legítimos de aquellos filósofos griegos que vivían en el interior de un tonel y asaeteaban a la concurrencia con preguntas o quejas sobrecogedoras. El de Moratalla es el Taxista 333, un buen nombre para un consejero discreto y mudo. Más discreto y mudo que una Virgen ALEJANDRO V. GARCÍA

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999