Hace ocho días, Pedro Ruiz despidió la temporada de su programa La noche abierta entrevistando a Pasqual Maragall. Fue una semana completa ya que, paralelamente, Ruiz sacaba su último disco, La mitad de mi vida, en el que da fe de su pavorosa vena poética y concibe engendros sintácticos tan oscuros como "Amé a quién no me amó / y me amó a quién yo no amé" (???). La entrevista empezó a las tantas, y eso permitió a Maragall asistir al homenaje a Carles Sentís y llegar a tiempo a una de esas sesiones de exhibicionismo mimosín que se practican en La noche abierta. Dejar pasar ocho días para hablar del asunto ha sido una medida de prudencia. En caliente, uno corre el riesgo de dejarse llevar. Al grano, pues. Existen dos tipos de entrevistadores. Los que te preguntan si eres feliz y los que no. Ruiz es de los que sí. Además de esta perra por la felicidad, también le encanta manosear el tema de la infancia. Si a Núñez le preguntó: "¿Te sientes niño?", con Maragall introdujo una variación: "¿Qué niño fuiste?". Pese al ambiente afable que crea en el plató, de la atmósfera de piano-bar y del ternurismo de anuncio de Nescafé aderezado con unas gotas de filosofía de Libro Gordo de Petete, el entrevistado no pareció sentirse cómodo. Ni siquiera cuando Pedrito y Pasqualín recordaron sus respectivos colegios lograron transmitir una sensación de naturalidad. Quizá era el calor, que traspasaba la considerable capa de maquillaje de Maragall, o el pudor de un entrevistado que se resistía a entrar en el juego de destape emocional que le proponía su interlocutor, pero lo cierto es que las respuestas no congeniaban con las preguntas. Ruiz peinó la biografía de Maragall y alternó preguntas sobre la familia con otras que despistaron un poco al candidato. Ejemplo de pregunta: "¿Te consideras inclinado a ver lo mejor de las personas?". Ejemplo de respuesta: "Chi lo sa". En ese plan, fue un milagro que se entrara en otro clima que, aunque tópico, resultó menos árido. Siempre es bueno escuchar cómo, por enésima vez, un político lamenta no haber visto crecer a sus hijos y, entre cargo y cargo, hace un canto a la libertad. En este campo, Maragall demostró ser un experto. Sus comentarios sobre Roma ("en Roma incluso puedes disfrutar estando atrapado en un atasco"), Nápoles ("el caos de Nápoles es creativo") y Nueva York ("un prodigio de naturaleza artificial") fueron lo mejor de la noche. De vez en cuando, y utilizándolo como recurso para ganar tiempo, Maragall se amotinaba y comentaba el estilo de su entrevistador. Que si las preguntas eran cortas. Que si cuidado con la vida privada. De buen rollo, eso sí, porque ambos parecían estar lo bastante encantados de haberse conocido como para no romper el sucedáneo de charla que con tanta dificultad habían levantado. Se habló de las dudas del candidato, de su tendencia a frenar la intuición para no dejarse arrastrar por la emoción, de la última película que recordaba (Perfume de mujer, de ¡1974!), del eje padres-mujer-hijos como mejor soporte para una vocación tan agria como la de político, de la ejemplaridad de los cargos y, de vez en cuando, una frase para enmarcar ("la política no es un mundo más corrupto que la vida privada"). Para la imagen de Maragall, la entrevista no fue mala -aunque posiblemente tampoco fue buena-. No tuvo que esforzarse en demostrar lo que no es y expuso un talante abierto, en el que el sentido común lubrica un engranaje destinado a crear verdades e ilusiones simples pero intensas (defendió la eficacia y la "capacidad de generar consensos sobre proyectos"). Hubo, cómo no, momentos de vergüenza ajena. El tono que Ruiz da a ciertas preguntas (Oh, sí: "¿Qué quieres ser de mayor?"), los comentarios trascendentes que introduce (y que en un contexto privado serían motivo suficiente para levantarse y marcharse) incomodan casi tanto al entrevistado como al espectador. Y, como colofón, un homenaje a la Barcelona de Gato Pérez con la versión instrumental de la gran Rumba de Barcelona interpretada por un combo joven y multirracial. Esos minutos musicales resumieron mejor que toda la entrevista las virtudes del confuso idealismo de un candidato que, a veces, tiene la gracia de no parecerlo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999