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Tribuna:

Los premios FAD vuelven al origen ORIOL BOHIGAS

Cuando en 1958 se instituyeron los premios FAD, los miembros de la junta del Fomento de las Artes Decorativas nos empeñábamos en mantener activa una polémica abierta a dos frentes sobre arquitectura y urbanismo contra el conservadurismo y la inmoralidad profesional del franquismo: la prioridad de los objetivos sociales contra la mercantilización del suelo y de la arquitectura y la vindicación de unos valores culturales en el reencuentro de la perdida modernidad estilística y metodológica. Estos objetivos se mantuvieron a través de los altibajos de las mareas políticas y culturales. Al final de los años sesenta, por ejemplo, hubo que remitir una oportuna contestación contra la excesiva presencia del establishment y a favor del nuevo establishment de "la imaginación al poder". No es extraño, por tanto, que estos últimos años los premios se hayan adaptado también a las nuevas circunstancias. La mayor parte de arquitectura se ha convertido en un factor de mercado, ha abandonado los principios éticos -e incluso estéticos- heredados de las vanguardias para asentarse cómodamente en los consensos neoliberales. Como consecuencia, durante este tiempo, los premios FAD se han conformado con unas valoraciones que no coinciden precisamente con sus intenciones iniciales. Pero este año parecen haber iniciado una vuelta al origen con el Barri de la Sang en Alcoy, de Manuel de Solà-Morales, y el grupo de viviendas en el barrio de Sant Ponç de Girona de Arcadi Pla, dos conjuntos residenciales económicos implantados como una reestructuración urbana. No es casualidad que las dos obras pertenezcan a dos ciudades cuyos alcaldes socialistas -Pepe Samus y Quim Nadal- se han empeñado durante años en una política de recomposición urbana con programas sociales y culturales impuestos sobre el mecanismo ciego del mercado. La obra de Solà-Morales es significativa no sólo por su calidad, por su eficaz respuesta al problema de la recomposición de un barrio y por el ensayo arriesgado de nuevas topologías, sino también porque es el resultado de los esfuerzos políticos de la ciudad. Hace años que Samus está llevando a cabo un programa urbano muy ambicioso. No sólo se trata del Barri de la Sang, sino también de otros temas para los cuales ha llamado a arquitectos tan comprometidos como Álvaro Siza, John Miller y Francesco Venezia. Durante el periodo de la Generalitat socialista estos esfuerzos tuvieron el debido apoyo cultural y económico del Gobierno valenciano. Con el triunfo del PP el panorama cambió y el alcalde ha tenido que luchar en solitario frente a la obstrucción de la Generalitat, consecuencia de cierto sectarismo político, pero también de una ignorancia cultural demasiado obstinada entre las derechas españolistas. Por todas estas razones hay que considerar que el premio FAD de este año incluye también los méritos políticos de esos alcaldes que han impulsado el valor social de la arquitectura y el urbanismo. Pocos premios internacionales se conceden ahora a unos modestos grupos residenciales cuando éste es el tema que ha marcado la evolución de la arquitectura moderna y el que acredita su compromiso social. Los premiados suelen ser edificios que se expresan como singulares escenografías, aunque se presenten como nuevos instrumentos de modernidad: oficinas de un gran producto mercantil, estaciones ferroviarias que son excusas para altisonantes estructuras de cubierta, edificios para museos, iglesias, centros congresuales, teatros más pensados para monumentalizar un paisaje o para justificar una política partidista que para promocionar una colección o apoyar un proceso cultural. Hace años -desde que vivimos con el pensamiento único almacenado en los think tank y hemos aceptado el "imperativo moral del mercado" de von Hayek y el "fin de la historia" de Fukuyama- que se ha perdido, por ejemplo, el interés por la investigación en el Tercer Mundo, las nuevas formas de vida de los inmigrantes, las soluciones urgentes para los sin techo de los países ricos, la reestructuración urbana como camino de reinserción social. No es que ahora los FAD hayan enfocado radicalmente todos estos problemas, pero, al menos, han girado el interés hacia el tema de la vivienda. Una posición muy distinta ha adoptado el premio europeo Mies van der Rohe, que también se concede en Barcelona. Este año todas las obras finalistas eran museos o centros congresuales formalmente testimoniales en una reducida faja geográfica entre Suiza, Alemania y Austria, excepto un palacio para un multimillonario excéntrico en el sur de Francia. Todos presentaban una evidente calidad, pero todos se alejaban de los temas sociales que corresponden a la investigación urbana y arquitectónica. Pero si los FAD quieren seguir por este buen camino tendrían que modificar algún punto de su convocatoria, sobre todo el que exige que sólo se puedan juzgar las obras que se presentan y se inscriben motu proprio, previo pago de unas cifras relativamente considerables. En esto el premio Mies está más acertado: las obras finalistas las escoge el propio jurado con la ayuda de unas comisiones nombradas al efecto. La costumbre de premiar grandes obras espectaculares y casi consensuadas frena la inscripción no sólo de interesantes procesos de investigación, sino también de obras cuyos autores no piensan participar en un proceso que puede tener algún signo de autobombo. Espero que en las próximas convocatorias este defecto será corregido para que, también en este aspecto, los premios FAD vuelvan a sus orígenes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999