Estamos a salvo. Los norteamericanos han previsto que si un asteroide intenta fastidiarnos el verano, los aviones dirigidos por la NASA saldrán a su encuentro y cambiarán su trayectoria a base de misiles. Con ello pondrían fin a la alarma y podríamos disfrutar de unas vacaciones sin sobresaltos. Con esa argumentación de la comisaria de la exposición Caídos del cielo, que presentó ayer en Castellón la Fundació La Caixa, se disipa el temor y se abre paso la curiosidad científica. No es para menos. Montserrat Bofill, que ideó la muestra hace tres años junto a los responsables del Centro Astrofísico de Canarias, explicó que el último meteorito que dejó su tarjeta de visita en nuestro planeta fue el que cayó en Tunguska en 1908 y que arrasó 40 kilómetros a la redonda de bosque. "Estalló ocho kilómetros antes de impactar con la Tierra y fue como si arrojaran sobre aquellos pobres 500 bombas como las de Hiroshima". La muestra, que ayer inauguraron el alcalde de Castellón, José Luis Gimeno, y el secretario general de la Fundació La Caixa, Lluís Reverter, ha sido exhibida sólo en Zamora y Vigo. Dentro de esa gran exposición científica se explica el origen de los meteoritos, los asteroides y los cometas; unos cuerpos celestes que desde antiguo han estado relacionados con malos augurios o invasiones del enemigo. Caídos del cielo repasa todas las concepciones sobre "esas piedras sagradas enviadas por los dioses", desde antes de nuestra era hasta los renacentistas del siglo XVI. La fascinación por esos fenómenos científicos está perfectamente documentada en esta exposición que durante el verano estará abierta en el mejor emplazamiento posible, el Planetario de Castellón: "El público conocerá la evolución de los instrumentos que han permitido observar el cielo desde el telescopio de Galileo hasta los radiotelescopios del Teide", detalla Bofill. En este montaje se pueden observar hasta finales de agosto maquetas de grandes telescopios; reproducciones de sondas que persiguieron al cometa Halley hasta casi 600 kilómetros de distancia; imitaciones a escala de grandes asteroides; fotografías de cráteres, cicatrices en la tierra del capricho de esos cuerpos celestes; facsímiles de periódicos que advertían de los peligros del paso de un cometa; copias de manuscritos del Beato de Liébana o de tablas mesopotámicas relacionados con observaciones astronómicas que dan cuenta de cómo los enigmas del firmamento han preocupado siempre a los mortales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999