Maravillosa la imagen de mandos militares recorriendo los pueblos valencianos a bordo de un trailer para captar adeptos con los que llenar cuarteles, repartir uniformes con serio peligro de apolillamiento, completar la escala de mando y, en definitiva, dar un sentido a su vida. ¿Quién dice que este país no ha cambiado? ¿Desde cuándo un señor con un montón de estrellas en el hombro despide a sus probables subordinados con una sonrisa de oreja a oreja, una palmadita en la espalda y recuerdos a la familia? ¿Cuándo han gozado los posibles mozos, que son recibidos en trailer con aire acondicionado por azafatas de buen ver, del derecho a información de primera mano? ¿Desde cuándo para acceder a un puesto fijo unas pruebas escritas limitadas a saber leer, escribir, sumar y restar? ¿Y un examen de resistencia física circunscrito a cinco flexiones mientras jalean los suboficiales? Tiendo a ser desconfiado con las pautas de comportamiento castrenses, hasta el punto de que, aunque sería incapaz hoy de superar esa prueba física tan sencilla, conservo el certificado del tribunal médico que hace veinte años me declaró exento del servicio militar. Por si acaso. Es mi escepticismo, claro que no es tan fiero el tigre como lo pintan. Ni tan idílico cargar con un cetme, una mochila antidiluviana repleta de rancia comida de lata mientras trotas por un lodazal huyendo de un enemigo invisible o atacando a otros incautos que protegen la hipotética plaza estratégica que no es más que una higuera seca, única representante natural en un secarral de las estribaciones de Fontcalent. ¿Dónde está el gato? Los amantes de la cosa dicen que eso curte el alma y endurece el cuerpo. Es cuando me enorgullece lucir michelines, no tener la más remota idea de cómo se coge un arma de fuego y conformarme con ver la naturaleza muerta en los cuadros que adornan el comedor del vecino. Ese pedazo de trailer recorre los pueblos valencianos en busca de mercancía. No es mala la idea. ¿Por qué no copian la fórmula las universidades?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999