Había alcanzado el profesor Chupetegui el punto álgido de su amena e ilustrada disertación sobre la génesis de los movimientos indigenistas en América Latina, que mantenía en vilo a su escueta pero selecta audiencia, cuando las luces del bar empezaron a hacer guiños, y los camareros, a presentar las últimas facturas, que siempre son las más difíciles de cobrar. "Una vez más, las fuerzas represivas vienen a obstaculizar el libre discurso del pensamiento y la cultura con sus obsoletos y restrictivos códigos horarios". Eso dijo el ilustre orador, interrumpido mientras fingía rebuscar en sus bolsillos la esquiva cartera, haciendo tiempo para que algunos de sus discípulos nos hiciéramos cargo de sus consumiciones, simbólico precio, mísero peaje a cambio de sus enseñanzas.
Los camareros colocaban las sillas vacías patas arriba sobre las mesas con gran estruendo. En un rincón, la tertulia de poetas místicos truncaba su fructífera velada; más allá, un grupo de artistas plásticos decidía aplazar hasta la noche siguiente una apasionante discusión sobre la situación de las vanguardias en los albores del nuevo milenio.
Salí a la calle con el grupo de Chupetegui, que, enardecido por la injusticia, enarboló un peripatético monólogo a voz en cuello por las calles de Malasaña sobre el papel de los bares nocturnos y de los cafés insomnes en la difusión de las ideas progresistas y revolucionarias. Parafraseaba con ímpetu al Valle-Inclán de Luces de bohemia cuando, desde el balcón de un primer piso, nos increpó una desvelada vecina llamándonos gamberros.
"No nos culpe a nosotros, señora", dijo el ilustre, "culpe a las fuerzas represivas del Estado, que nos obligan a hacer de la vía pública ágora de nuestros diálogos y debates insoslayables con sus arbitrarias limitaciones".
"Y además de gamberro, sonao. Parece mentira que a su edad... Váyase usted a dormirla al asilo, hombre". Así rugió aquella furia con viperino acento, y su diatriba eclipsó por un instante la ecuanimidad y el buen juicio de Chupetegui, que, prescindiendo de su implacable dialéctica, farfulló groseras maldiciones y escatológicos epítetos.
La arpía amenazaba con llamar a la policía cuando sus discípulos conseguimos llevarnos de allí a nuestro descompuesto maestro. Alguien propuso entonces buscar otro local donde continuar a salvo la tertulia, y su proposición obtuvo como eco un breve exordio de Chupetegui, que recuperó el hilo cortado por aquella parca.
"A estas horas", replicó reiterativo el profesor. "A estas horas, según las fuerzas represivas del Estado, los ciudadanos noctívagos sólo pueden reunirse en ruidosas y descoyuntadas discotecas o en groseros cabarés, puticlubes y top less. Dos tipos de establecimientos en los que la comunicación verbal se hace imposible, como en el caso de las discotecas, o se centra irremediablemente en los más obvios prolegómenos del trato venéreo. Resumiendo, a nuestras autoridades les parece muy bien que los ciudadanos se vayan de putas o agiten el esqueleto con sincopados movimientos antropoides hasta la madrugada, pero no están dispuestas a tolerar que un grupo de personas cultas, sensatas y civilizadas se reúna con nocturnidad y alevosía para intercambiar puntos de vista y hacer un consumo moderado y razonable de bebidas alcohólicas. De eso se trata, muchachos, le tienen miedo a la palabra, terror a la inteligencia, un odio cartaginés a la cultura y al pensamiento, propio de energúmenos que detestan el progreso porque saben que cuando llegue serán desbancados".
Aquí se detuvo nuestro guía, presa de uno de sus estruendosos y crónicos ataques de tos, y alguien propuso que diéramos por finalizada la reunión y acompañáramos al maestro a la pensión de la calle de San Bernardo en la que se alberga provisionalmente desde hace veinte años.
Pero Chupetegui se repuso y propuso, a su vez, que bajáramos a la plaza del Dos de Mayo para predicar a las turbas de botellón y kalimotxo la palabra, el Verbo, por encima de todas las cosas. Allí le dejamos clamando en el populoso desierto y compartiendo con los desheredados el vino con coca-cola y el mini de cubata.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999