Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Tras la Cumbre de Río

La reciente Cumbre de Río de Janeiro de jefes de Estado y de Gobierno de Europa y de América Latina, así como la reunión de la Ejecutiva de la Internacional Socialista en Buenos Aires, celebrada días antes, no serán recordadas por sus logros concretos ni por el lirismo de la prosa de sus comunicados conjuntos. Tampoco pasarán a la historia como momentos decisivos de coincidencia transatlántica en materia comercial, financiera o política. No obstante, ambos encuentros revisten su importancia: fueron a la vez significativos y sintomáticos del afán latinoamericano por construir una convergencia con Europa, y de las frustraciones y obstáculos que dicho intento enfrenta. Las razones de la búsqueda del acercamiento son obvias. México se halla inmerso en plena negociación del convenio comercial con la Unión Europea; el Mercosur, también. Por su parte, candidatos a sus respectivas presidencias como Ricardo Lagos, en Chile; Fernando de la Rúa, en Argentina, y Tabaré Vázquez, en Uruguay -todos ellos con posibilidades reales de acceder al poder este año-, ansían la identificación con la UE y el apoyo de los dirigentes socialdemócratas europeos, desde D"Alema hasta Blair. Y, sin embargo, la concordancia no termina de consumarse. Un fragmento de las dificultades proviene de factores contingentes: el bombardeo de Yugoslavia y la intervención de la OTAN en Kosovo, por ejemplo, simplemente no fueron del agrado latinoamericano, y tanto la izquierda como la derecha europeas, con algunas excepciones, aprobaron la postura de sus Gobiernos. Es cierto también que algunos de los actuales mandatarios latinoamericanos exhiben una muy escasa afinidad con el Estado asistencial europeo: ni Zedillo, de México, ni Menem, de Argentina, o Fujimori, de Perú, comulgan ideológicamente con el socialismo del Atlántico Norte, ni siquiera con la llamada economía social de mercado. Pero no es necesariamente el caso de la siguiente generación de políticos de la región, y parte del filoamericanismo de la generación de ahora procede parcial y justamente de la extraña actitud adoptada por los europeos desde hace algunos años.

En efecto, existe un notable contraste entre el enfoque estadounidense frente al resto del mundo y el de Europa occidental. Cuando Washington trata de convencer a países de América Latina, de Asia, o incluso del viejo bloque soviético, de que incrementen su comercio con Estados Unidos y permitan mayores inversiones norteamericanas, no se limita a promover las virtudes de sus autos y otros artefactos. Vende una ideología y una "cultura": la ideología de su forma particular de capitalismo, de organización social, de consumo, de valores e iconos de clase media. Trata de impulsar hasta donde puede el radicalismo del libre mercado propio de la ideología estadounidense, el individualismo a ultranza y el modelo de sociedad de EE UU. Se pueden compartir o no estos esquemas y proyectos, pero nadie duda de su existencia en paquete y de su eficacia como mercadotecnia. En cambio, los europeos parecen haber abdicado de la lucha ideológica y propagandística frente a Estados Unidos. En lugar de pugnar por sus propios valores y modelos, por su historia y sus éxitos, dan la impresión de resignarse ante la indomable superioridad de la "propuesta" norteamericana. Quizás olvidaron las enseñanzas de la historia: sin "música", sin envoltura ideológica y discursiva, los mercados no se conquistan, las mercancías no se venden y las adhesiones no se consiguen.

Por lo menos en tres aspectos básicos, los europeos -socialistas y de otras estirpes- han abandonado el terreno de batalla frente a sus rivales anglosajones. Para empezar, se resisten a fomentar la difusión de su modelo de sociedad: más igualitaria y solidaria que la norteamericana, con una mejor distribución del ingreso y de la riqueza, con índices inferiores de criminalidad y marginación, a costa de un desempleo hoy ligeramente superior (cuando se toma en cuenta el conjunto de datos pertinentes), de una competitividad también menor y de un déficit de experimentación e iniciativa más significativo. Se trata de dos modelos de sociedad democrática y de economía de mercado: cada una tiene sus ventajas y defectos, y ambas pueden competir en la plaza pública y de las ideas. Pero mientras que los estadounidenses promueven activamente la suya, los europeos casi admiten la decadencia de la de ellos, y su consiguiente irrelevancia para los latinoamericanos. Se trata de una actitud enigmática, en el mejor de los casos.

En segundo lugar, Europa parece haber renunciado a cualquier esperanza de lograr la emulación de su esquema de política económica y social más redistributiva y regulada. Nunca se jacta de las delicias indudables de su sistema de alta tributación y de prolífico suministro de servicios públicos de gran calidad: educación pública, transporte público, espacios públicos, protección extrema al medio ambiente y al consumidor, elevado gasto público en cultura y ocio, esquemas de integración económica ambiciosos y redistributivos, etcétera. Los europeos toleran, resignada y apáticamente, que el Banco Mundial y el Consenso de Washington les vendan a los latinoamericanos -siempre ya y más o menos ingenuamente obnubilados por cuentas de vidrio- la privatización de este conjunto de servicios. En lugar de que Francia pugne por un sistema educativo altamente centralizado -probablemente, con el japonés, el de mayor calidad del mundo-, permite que los funcionarios internacionales convenzan a América Latina de las supuestas e infinitas bondades de la descentralización educativa. En lugar de que Alemania persuada a los latinoamericanos de las inmensas ventajas de un sistema de seguro contra el desempleo que contribuye a conservar la fuerza de trabajo más productiva del mundo, acepta que los estadounidenses exalten las virtudes de la "flexibilidad" laboral.

En tercer lugar, ni los socialistas europeos ni sus rivales y colegas democristianos se animan a defender algo tan (con)sagrado como el sistema de Seguridad Social creado a lo largo de más de un siglo -desde Bismarck hasta Mitterrand-, y que incluso las mentes más lúcidas y audaces de Estados Unidos han buscado importar a sus riberas del Atlántico. Mientras que centro, derecha e izquierda; laboristas y conservadores; gaullistas y socialistas; Felipe González y José María Aznar, todos mantienen intacto el dispositivo europeo de pensiones y seguro médico, los mismos europeos ven con benevolencia la imposición estadounidense y/o la fascinación latinoamericana con los esquemas privados de ahorro para el retiro y de salud. A pesar de la juventud de la mayoría de las poblaciones de América Latina -por lo menos en comparación con el Viejo Continente-, a pesar de los evidentes tropiezos e inconvenientes de la privatizacion y a pesar de la reticencia perenne y casi consensual de las sociedades europeas de apartarse del camino que han seguido desde hace muchos decenios, los Gobiernos representados en Río -y en el Banco Mundial y el FMI en Washington- se abstienen de cualquier comentario ante la ola privatizadora en América Latina.

Tal vez los europeos de hoy no recuerdan ya el modus operandi de la pérfida Albión a comienzos del siglo XIX. Inglaterra no sólo se dedicó a abrir mercados, a quebrar monopolios, a patrocinar a piratas, contrabandistas y filibusteros; asistió a luchadores por la independencia, financió a revolucionarios, difundió ideas liberales y librecambistas y ayudó a destruir el régimen colonial. Lo hizo con dinero y con armas, pero también con "música" y con gaitas; es decir, con ideología.

En términos mercadotécnicos, Europa hoy posee un excelente producto -sus sociedades más humanas, más solidarias y generosas, más protegidas y reguladas, con mayor productividad y tiempo libre y menores jornadas de trabajo-, pero carece del jingle o estribillo para venderlo. Hay millones de clientes latinoamericanos que quisieran comprar ese producto, pero que no alcanzan a escuchar la tonada que lo anuncia. Sin duda se debe a que nadie la está cantando.

Jorge G. Castañeda es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999