ENRIQUE MOCHALES Esos libros abiertos ya no parecen aves que vayan a emprender el vuelo batiendo sus hojas a propulsión de letras. Son como un juego de barcos informatizado, de electricidad literaria, un vals de dígitos en un mar de cuarzo. Dentro de un estuche de plástico, a veces forrado de cuero, las ideas aparecen en una pantalla de cristal líquido, y Moby Dick se zambulle en las profundidades de un chip, y el Sherlock Holmes de Conan Doyle es una imagen virtual incluso en su escritura, en la representación física de su esencia. Nada es real, ni siquiera es un libro. Es una máquina. No es que yo quiera ponerme en contra de los avances tecnológicos, pero lo del libro electrónico me hace sonreír. ¿Qué sería del aroma de las páginas de un libro recién comprado, droga primeriza en la que todos nos iniciamos alguna vez? Un libro electrónico no puede tener ese olor. Huele a plástico y cable. Me parece poco probable que alguien, en el futuro, diga: "El olor de la pantalla de un libro electrónico me encanta". En cuanto a los puntos de libro. ¿Cuál sería su futuro? ¿Piezas de coleccionista? Un punto de libro no sirve de nada con un libro electrónico. El punto de libro que a veces se queda dentro de su anfitrión durante toda una eternidad, y que, al abrir el libro, nos señala el punto del reencuentro, desaparecería. ¿Y las dedicatorias? Nada puede sustituir a una dedicatoria impresa en el papel, y mucho menos un garabato de impulsos eléctricos en una pantalla. Ni siquiera los bichitos innombrables que a veces viven entre las páginas de papel de los libros aceptarían quedarse sin su principal manjar, que es la tinta de las dedicatorias, fresca y nutritiva. Sin las dedicatorias, los libros perderían pronto ese carácter de mensaje de náufrago lanzado al océano, de legado al mar, y eso significaría la extinción de miles de palabras amorosas y sinceras y falsas, y también de miles de comedores de dedicatorias, muertos de nostalgia. Por otra parte, un libro electrónico tiene siempre el mismo tacto, el mismo peso, cualquiera que sea la obra que leemos en él. Jamás dos libros han tenido el mismo tacto, el mismo peso. Incluso la propia tinta de las palabras, cuando éstas están apretadas, puede conferir más peso a un libro de papel que a otro. Aquí hemos llegado al objeto. El fetichismo que supone la posesión de un libro de tal edición. El lazo sentimental que a veces nos une a determinados ejemplares que nos han acompañado durante gran parte de nuestra vida. Un regalo de una novia y el hallazgo en un rastro, el libro encontrado y el de toda la vida, y también el libro que se ha quedado uno de prestado. ¿Qué sería del noble acto de prestar un libro? ¿Se perdería esta vieja y entrañable costumbre? Cuando pienso en la cantidad de viajes alrededor del largo y ancho mundo que han hecho los libros prestados o vendidos de segunda mano me da vértigo. Libros viajeros, y libros que han sido devueltos a sus legítimos propietarios con una resignada e interior contrariedad, como si perdiéramos también algo nuestro al devolverlos. Libros que habían ocupado un espacio en nuestra biblioteca, en nuestra mesilla, en nuestro recuerdo, que ya considerábamos nuestros por derecho. La persona que lee un libro intenta poseerlo, a pesar de que el libro es irrevocablemente libre y va de un lado al otro si le place, y no es amante de uno solo, sino de muchos. Théodor Fontane decía que los libros tienen su orgullo, y que cuando se prestan, no vuelven nunca. Pero después de leerlo, nuestro libro electrónico desaparecerá en burbujas eléctricas y se tornará un frío y minúsculo disquete. Se esfumará como se apaga una vela, simplemente al presionar un botón de color rojo. Alguien opinó una vez que el recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí. Y yo recuerdo mis libros con peso específico, con olor, con tipología de letra, con perfume, con trébol seco o pétalo o gota de lluvia, incluso con página arrancada y sin pastas, pero los recuerdo únicos y enteros, diversos, sólidos como un bosque más allá de la memoria que me falla.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999