JAVIER EDER De Pamplona se han escrito falsedades pasmosas. Voltaire, ese réprobo, allí donde define a los vascos como un pueblo que brinca y baila en el Pirineo, afirma que "en todo Pamplona no había más que un asador, y lo habían prestado para una boda". ¡Alucina Barcina!, ¡mira que no encontrar un asador en todo Pamplona! Más dolorosa es la especie propalada por ese Proust antes de Proust que fue el ingrato del duque de Saint Simon. Según el tal, en Pamplona le sirvieron "un revoltijo de bacalao con aceite que era detestable". ¿Han oído? El Señor Duque le hace ascos a nuestro ajoarriero, ese manjar de dioses cuyo aroma volvería a levantar a Lázaro. Menos mal que nos queda Hemingway. La deuda de Pamplona con Hemingway es impagable. Un día como hoy de hace 75 años, dos gigantes americanos tomaron asiento en un café pamplonés. También tomaron abundante Anís del Mono. John Dos Passos, como el Señor Duque, no supo apreciar el valor de un ajoarriero al pil pil. ¡Cuánta incomprensión! Otra cosa fue Hemingway. Sabido es que Hemingway pasará a la Historia del siglo XX por una hazaña mítica: la liberación en París, tras el desembarco de Normandía, del Harry"s Bar, ese templo del saber. Mucho antes de recuperar el Harry"s, Hemingway había liberado en Pamplona Casa Marceliano y dado al ajoarriero el prestigio mundial que merece. Amigos, romanos... La efemérides que celebramos bien merece unas sentidas palabras. Hemingway, the american guay. Era un valiente, un ciclón. Es uno de los nuestros. Escribió, aun sin proponérselo, algunos de los mejores argumentos cinematográficos del siglo. Su nombre brilla con letras de oro como autor de relatos sencillamente magistrales. Consagró mundialmente este manjar en el que se halla el ser de nuestras esencias y de nuestras fiestas. - Ya, pero sus novelas, no sé yo si... - Tú, come y calla, Barandalla. No nos vengas a convertir los sanfermines en un coloquio de la Menéndez Pelayo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999