El efecto 2000 amenaza con aguar la próxima Nochevieja en Rusia. Los ocho millones de ordenadores que hay en este país, el más extenso del planeta, son relativamente pocos, pero la catastrófica situación económica, que ni siquiera permite pagar a tiempo salarios y pensiones, proyecta una sombra ominosa sobre sectores tan preocupantes como el armamento y las centrales nucleares. La Duma (Cámara Baja del Parlamento) ha aprobado una ley que impone la exigencia de atajar el problema, pero ni dice cómo ni arbitra fondos para pagar la factura. A seis meses escasos del momento crítico, cuando millones de ordenadores de todo el mundo se harán un lío sin saber si están en el año 1900 o en el 2000, hay en Rusia sentimientos para todos los gustos. La ley, adoptada por unanimidad, obliga al menos en teoría a entidades oficiales y privadas a adoptar las medidas necesarias para evitar la catástrofe. Su punto flaco es la obligación de que empresas y organismos corran con los gastos.
El Gobierno calcula que la batalla 0 costará, sólo en el sector público, de 160.000 a 480.000 millones de pesetas, es decir, hasta la séptima parte de un presupuesto estatal casi imposible de cuadrar ya sin esta carga adicional. Pese a ello, las autoridades garantizan contra los pronósticos más pesimistas.
"No esperamos nada terrible. El trabajo marcha de forma fructífera pero, como siempre, no hay suficiente financiación", declaró recientemente Ilia Klebánov, vicejefe de Gobierno y encargado del complejo industrial-militar y también de la lucha contra el efecto 2000. Según Klebánov, este mismo mes se creará una comisión cuya misión será comprobar los progresos conseguidos. El anterior primer ministro, Yevgueni Primákov, había creado ya en enero otra comisión para coordinar a las autoridades centrales, regionales y locales.
El parque informático ruso es caótico, con multitud de programas antiguos y/o pirateados (lo que les hace más vulnerables), con equipos vendidos a menudo por empresas que ya no existen e instalados por técnicos imposibles de localizar.
Algunos cálculos sitúan en dos tercios del total los ordenadores de sobremesa que necesitan ser reparados o adaptados, y no es visible la preocupación de sus usuarios por tomarse la molestia y afrontar el costo. El Gobierno estimaba en abril que, en el mejor de los casos, la quinta parte de los ordenadores plantearán problemas en enero.
El hecho de que Rusia sea la segunda superpotencia nuclear, con miles de cabezas atómicas, y de que mantenga 29 reactores (algunos de ellos del mismo tipo que el que estalló en Chernóbil en 1996) convierte en especialmente preocupantes las consecuencias que pueda tener el efecto 2000.
Pero la sangre puede no llegar al río. Las centrales atómicas rusas no dependen de sistemas informáticos, un atraso tecnológico que, paradójicamente, se convierte en ventaja. Los ordenadores no suelen desarrollar funciones vitales, y es muy improbable un accidente o el cierre de una central por el efecto 2000. Otra cosa es que éste pueda influir en suministros como el agua, vitales para los reactores. Supuestamente, los expertos del Ministerio de Energía Atómica han revisado ya la práctica totalidad de los reactores más peligrosos.
En cuanto al armamento atómico, los expertos estadounidenses parecen dar por buena la garantía rusa de que se puede excluir un ataque accidental. La mayoría de los programas de los computadores de ese campo no dependen de las fechas, lo que les hace prácticamente inmunes al efecto 2000.
Siempre hay el riesgo teórico de que los sistemas de alerta basados en satélites reciban señales erróneas, pero las dos superpotencias atómicas colaboran para que no haya fallos en la interpretación de los datos.
Esta colaboración continúa, aunque estuvo en peligro durante los bombardeos de Yugoslavia, al suspender Rusia sus lazos con la OTAN. EEUU ha propuesto la gestión conjunta de las estaciones de alerta antimisiles. En último término, el factor humano, el mejor capital con que cuenta Rusia, debe resultar decisivo.
Algunas empresas, sobre todo extranjeras, han decidido suspender sus operaciones comerciales el 1 de enero para evitar, por ejemplo, problemas en las aduanas o en la contabilidad. Otras prevén aumentar el volumen de mercancías almacenadas. Hay quien piensa retirar hasta su último rublo en el banco por temor a que sus ahorros se evaporen por culpa de un ordenador que no sabe ni en qué año vive. Los mercados financieros son muy sensibles a este peligro, multiplicado por la fragmentación del sistema bancario, con entidades surgidas con ánimo puramente especulativo.
Muchas empresas han renovado su equipo informático ante el efecto 2000, pero no tienen defensa posible ante servicios exteriores que no pueden ofrecer igual garantía. Incluso el monopolio eléctrico reconocía en junio que un tercio de sus 50.000 ordenadores no estaba preparado para la amenaza.
El Gobierno asegura que está renovando los dos únicos centros de control de tráfico aéreo, en Moscú y Rostov del Don, que dependen de ordenadores digitales. Pero la mayor parte de las 400 compañías aéreas rusas tienen equipos informáticos susceptibles de tener problemas el 1 de enero. La próxima Nochevieja promete ser muy larga en Rusia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999