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Tribuna:

Servidores

Cuando concluían su mandato, los ministros de Franco solían retirarse discretamente, tras abundante besamano y cabezazo al crucifijo, con la clara conciencia de que les había llegado la hora del eclipse. De muchos ya no volvíamos a saber nada más; de unos pocos sólo la fatal autobiografía dictada por la vanidad y redactada por la impotencia a dos pasos del sepulcro. Tan delicado retiro se financiaba con un empleo en el consejo de administración de un banco, compañía, empresa o consorcio rebozado de moquetas oceánicas. Esta operación aparecía descrita en los diarios del régimen (o sea, en todos los diarios) como "premio a la abnegada entrega en el servicio de la patria" del pobre cesante.

En realidad, era todo lo contrario. Aquellos individuos habían sido atornillados en su ministerio o dirección general por un banco, compañía, empresa o consorcio tras un rudo regateo con las sanguijuelas del régimen, y, una vez nombrados, se dedicaban abnegadamente a beneficiar a sus protectores. Llegado el ocaso, regresaban al aprisco y pastaban plácidamente la hierba y la moqueta del amo hasta el fin de sus días.

Pero los últimos años y la ampliación del pastizal han acelerado el proceso y ahora ni siquiera esperan la hora del retiro. En plenas funciones, ya acuden al abrevadero jadeando y mostrando una lengua larga y amoratada, acuciados por una sed colosal. Cuando saludan al distinguido público que los acoge en la compañía, todavía se están metiendo billetes en los bolsillos y algunos quedan por el suelo como las migas de pan de Pulgarcito.

Sin embargo, algo ha cambiado. Aquellos funcionarios del franquismo eran entecos, filiformes, verdosos, con pómulos afilados por la gastritis y por una esposa con consejero espiritual. Ahora son enormes cetáceos encuadernados en trajes oscuros, con la corbata a modo del lazo que lucen los cochinillos en los banquetes nupciales de aldea.

Su labor como ministros y directores generales no ha variado; el premio sigue siendo el mismo. Pero ya no son escomendrijos con insignia de Hijo de María en la solapa, sino cachalotes que se abrazan como luchadores de sumo. La caricatura ha cambiado; el chiste sigue siendo el mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999