Misteriosa e inmemorial, cálida y delicada, siempre fascinante, China se asoma estos días a Europa con una gran muestra cultural en la que el esplendoroso patrimonio histórico trata de anudarse con la modernidad y las ambiciosas realizaciones en curso. La reproducción de las estatuas de soldados y de caballos de terracota, la octava maravilla del mundo, descubiertas en 1974 en Shaanxi junto a la tumba del emperador Shihuangadi (221-206 antes de nuestra era), sirven así de soporte al lema gubernamental de la muestra: China en marcha hacia el siglo XXI.
Todas las manifestaciones artísticas, desde la deslumbrante colección de cerámica hasta las actuaciones de ballet, pasando por el desfile de modas, participan de ese propósito de enlazar el pasado milenario y el presente. La Semana de la China, que se desarrolla en la sede la Unesco en París hasta el próximo día 12, es una exhibición de envergadura que no anula, antes al contrario, la impresión de que los espectáculos, los conciertos, las múltiples exposiciones, son un simple muestrario de un universo cultural en gran medida enigmático, infinitamente más vasto, más rico y profundo. Preludio, quizás, de manifestaciones futuras todavía más impresionantes, la muestra auspiciada por la Unesco es una tarjeta de presentación internacional animada por el evidente propósito de seducir en el 50º aniversario de la creación de la República Popular de China y en un momento en el que el inmenso país de 4.000 años de existencia se halla envuelto en la vorágine de la transición. Como no podía ser menos, el Gobierno de Pekín ha traído a Europa una parte del patrimonio artístico como plataforma sobre la que dar cuenta de la transformación económica y social del país, de su apertura comercial y cultural. El protagonismo concedido a los proyectos y realizaciones urbanísticas de Shanghai, la ciudad faro y primer laboratorio de la economía moderna china, y el énfasis en mostrar la armonía entre las construcciones antiguas y modernas en la vieja capital Beljing, ilustran bien ese propósito. No por casualidad, la abultada delegación, formada por cientos de personas, está encabezada por el ministro Zhao Qi Zheng, antiguo adjunto de la alcaldía de Shanghai y hombre con imagen de reformador. Zhao Qi Zheng ha venido a París con el objetivo más prosaico de explicar las ventajas de las inversiones y los intercambios tecnológicos y comerciales.
Carillón de bronce
En el panorama de la muestra, animadísima, que ha encontrado un eco particular en la comunidad china asentada en Francia, destaca el colosal carillón de bronce de 64 piezas utilizado para el concierto de instrumentos tradicionales. Considerado un preciado objeto de arte de la China antigua, el carillón que se exhibe en la Unesco es una réplica del que fue descubierto en 1978 en la tumba del príncipe Yi, del reino de Zeng, en los alrededores de Suixian, y que data de hace 2.400 años. Cada una de las campanas, grabadas con motivos de dragones voladores, puede emitir dos notas musicales diferentes, cubrir cinco octavas y 12 semitonos. Un conjunto instrumental arcaico y singularísimo que permite reproducir en la capital francesa, bajo la dirección del compositor Shong Liang Tong, no sólo la música antigua china, sino también las composiciones contemporáneas previamente adaptadas. La China ardiente y exquisita, luminosa y terrible, plena de contrastes, omnipresente en el conjunto de las manifestaciones artísticas, brilla también como un relámpago en las actuaciones que ofrece el Instituto de Danza de Pekín. Danzas clásicas se entremezclan con piezas folclóricas y contemporáneas en una brillante sucesión de ritmos y composiciones de gran emoción y espectacularidad. El desfile de moda, con una treintena de modelos femeninas y masculinos de la Agencia Xinsilu (Nueva Ruta de la Seda), refleja igualmente el intento de pasar de la tradición a la creación, de acuñar un modelo de moda china contemporánea. Junto a los vestidos de épocas ancestrales, los sobrios y solemnes de las dinastías Qin y Hang, los majestuosos de Tang, los delicados de Song y Ming, se exhiben los atuendos tradiciones de 22 minorías étnicas y otros contemporáneos de diseñadores como Zhang Zhaola, Wu Haiyan, Liu Yang o Ma Ke. Las exposiciones de arte tradicional, pintura, caligrafías, cerámicas, arte-sanías, las instalaciones tecnológicas, las series fotográficas y las películas que muestran las maravillas del patrimonio histórico chino completan la muestra.
"La exposición es bastante completa, pero es verdad que con China todo sabe a poco", admite la directora de Actividades Culturales y Relaciones Públicas de la Unesco, la española Tania Fernández de Toledo. A su juicio, la muestra presentada por el Gobierno de Pekín tiene, además de un alto valor artístico, el interés de una "gran presentación" internacional de la China contemporánea. Según Tania Fernández, el Gobierno de Pekín aceptó el proyecto con interés desde el principio, sin más salvaguarda que el interés en que la muestra coincidiera lo más posible con el 50º aniversario del nacimiento de la República Popular de China. Aunque la directora de Actividades Culturales de la Unesco soslaya la cuestión, es sabido que el apoyo de ese organismo internacional a algunos disidentes chinos tensó considerablemente en el pasado las relaciones con el Gobierno de Pekín. Ayer, la delegación china regaló a la Unesco dos de las reproducciones de los soldados de terracota. La venta en París de buena parte de la cerámica presentada irá destinada a financiar futuros proyectos de la Unesco en China.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999