JOSEP TORRENT Hace poco más de dos años Joaquín Almunia abrió el congreso del PSPV en la Universidad Politécnica con una obviedad: la Comunidad Valenciana es la llave de la gobernabilidad de España. Los delegados socialistas, más preocupados por sus miserias tribales, arrojaron la llave al mar e iniciaron una guerra civil que sirvió para que el PP se colocara 14 puntos por encima del PSOE en las pasadas elecciones autonómicas. Ayer, Felipe González vino a repetir lo mismo, pero mucho más alto y más claro para que el mensaje se entendiera de una vez. El ex presidente del Gobierno dijo que si los socialistas valencianos no eran capaces de llegar a un acuerdo le importaba un carajo el congreso y el secretario general que saliera del mismo. No parece que haga falta ser un hermeneuta para entender el significado de sus palabras. González se limitó a expresar en voz alta lo que piensa la inmensa mayoría de la militancia socialista y un porcentaje nada desdeñable de los ciudadanos, que aún confían en el PSPV a pesar de sus supuestos dirigentes. La confrontación fratricida de los socialistas valencianos ha arrasado la ilusión y la esperanza de una buena parte de sus simpatizantes y votantes. La descarnada y descarada pelea por el poder, la ausencia durante cuatro años del menor atisbo de oposición seria y coherente y la falta de un proyecto han acabado por concluir en un espectáculo que sólo provoca tedio y hastío incluso en quienes deberíamos estar, al menos teóricamente, interesados. Aburrimiento que se extiende a algunos de los protagonistas, hartos de una sinrazón que conduce directamente al suicidio político. Cabe esperar, aunque sólo sea porque tengan que hacer de la necesidad virtud, que en el próximo congreso del día 18 las distintas tribus del PSPV entierren el hacha de guerra y lleguen a un cierto consenso (por más que González en un desahogo dijera aquello de "ni puta falta que hace"). De no alcanzarlo la próxima obviedad en la que caerán será la de que se han quedado solos porque los ciudadanos no les aguantan ni un minuto más.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999