El Vivero apareció tomado por mosquitos, saltamontes gigantes y otros insectos. Un ejército agresivo y organizado que se cebó con la grada y sus inquilinos, a los que atacó con alevosía. También hizo incursiones en el terreno de juego, pero ahí el buen juego pudo más. España lo llenó de fútbol. Pero fútbol del bueno, del que pone la carne de gallina, del que emociona. Y no es fácil pintar de grandeza un duelo que nace sin el aliciente de la incertidumbre, la tensión y los nervios, que reúne sobre el campo a dos equipos de diferente planeta (¡cómo explicar ahora el 3-2 de Larnaca!), que está resuelto de antemano por mucho que naciera con la pugna por la primera plaza al fondo. España pasó por encima de estas comodidades que acostumbran a amuermar el fútbol y se concedió otra jornada de goles y juego exagerado. Se siente por Guardiola y los que tratan de contener la euforia, pero tardes así invitan a los excesos verbales. El partido fue facilote. Pero gracias a España, que se tomó el asunto con la seriedad debida. Que actuó con decisión y bravura, sin perder un gramo de entusiasmo y concentración cuando el marcador estuvo sin abrir, ni tampoco después, cuando se fue de borrachera. Que arrinconó a Chipre junto a su portería y, fiel a su maravilloso nuevo estilo, empezó a decirle cosas bonitas a la pelota. Con Guardiola como referencia en la sala de operaciones, hasta con ocho futbolistas por delante de él en muchas ocasiones, España se pegó un homenaje.
ESPAÑA 8
CHIPRE 0España: Cañizares (Toni, m.77); Salgado, Hierro, César, Aranzabal; Etxeberria (Munitis, m. 46), Guardiola, Julen Guerrero, Luis Enrique (Mendieta, m. 60); Raúl y Urzaiz. Chipre: Panayiotu; Engomitis, Costa, Melanarkitis, Luka, Pittas (Theodutu, m. 46); Okkas, Nikolau (Aristocleus, m. 46), Papavassiliu, Chirstodolou; y Govic ( Yiasoumi m. 87). Goles: 1-0. M. 20. Jugadón de Luis Enrique en la izquierda del área, alcanza la línea de fondo y tira el pase de la muerte. Urzaiz empuja a la red. 2-0. M. 25. Aranzabal hace la pared con Raúl, llega hasta el fondo y centra. Urzaiz remata. 3-0. M. 34. Aranzabal combina con Luis Enrique, éste pasa atrás hacia Julen, que ajusta al palo con la derecha. 4-0. M. 38. Etxeberria centra raso sobre Urzaiz, que fusila desde cerca. 5-0. M. 42. Le cae un balón en la frontal a Julen, que conecta un ajustado tiro por raso. 6-0. M. 55. Guerrero tira desde la frontal, caza adelantado al portero y le marca. 7-0 M. 81. César de cabeza a pase de Guardiola. 8-0. M. Hierro, de cabeza a centro de Guardiola. Árbitro: Trentalange (Italia). España se clasificó de forma aritmética para la Eurocopa 2000. 15.000 espectadores en el Nuevo Vivero, lleno absoluto.
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Chipre no pudo alzar la voz. España la obligó a pasar por debajo de la mesa, a pagar la humillación de hace un año. Y le recordó su inferioridad en cada jugada, se aprovechó de su miedo, se recreó.
Lo intentó España de salida por la derecha, donde Camacho insistió en juntar a Michel Salgado y Etxeberria. Tal vez para demostrar la compatibilidad de ambos futbolistas, cada vez más difícil de aceptar, el equipo apostó inicialmente por ese costado. Y hacía allí lanzó sus primeros ataques. La historia no funcionó, pero esta vez hay que liberar a Salgado de toda responsabilidad: dobló una y otra vez a su compañero, pero éste nunca le ofreció la pelota. España arañó alguna que otra oportunidad por ahí, pero el rival, gracias en parte a su portero, resistía vivo.
Por donde se rompió el partido fue por la izquierda, donde Aranzabal volvió a reivindicarse. Es un lateral grandioso el donostiarra, con presencia, profundidad y técnica. Esconde una mano dentro de su bota izquierda y domina la pared, una suerte muy interesante, casi imprescindible, cuando se trata de doblar por la mitad a un rival replegado. Un caramelo, en suma, para los entrenadores que gustan, y Camacho es uno de ellos, de que sus laterales doblen a los interiores. Aranzabal pide a gritos el carril izquierdo de la selección.
Luis Enrique también se reivindicó, aunque sus mensajes ponían Barcelona en el destino. Se asoció mágicamente con Aranzabal y descorchó su habilidad para los uno contra uno cuando la ocasión lo requirió. Es decir, cuando Chipre aún estaba viva y ordenada junto a su portero. Un quiebro, un amague y pase atrás a Urzaiz: 1-0 y asunto resuelto. España sólo necesitaba abrir al rival una vez para sentirse dueña del partido. Cambió al cuarto de hora de costado por el que atacar, y cinco minutos después ya tenía los tres puntos y la clasificación en el bolsillo.
Luis Enrique y Aranzabal siguieron implicándose en aventuras por la banda izquierda y los goles fueron cayendo a gran velocidad. Los seis primeros repartidos entre Urzaiz y Julen Guerrero (luego completaron la fiesta César y Fernando Hierro). Urzaiz marcó siempre a un toque y en ellos, su principal virtud no estuvo en el remate sino en la habilidad para seguir la jugada e intuir el sitio por donde le iba a llegar el pase del compañero. Los de Julen tuvieron el encanto de la precisión: fueron tres tiros dulces, ajustados siempre al rincón.
España no se concedió un solo descanso: buscó el gol y el buen juego a ritmo frenético, con la sonrisa como principal motor. El equipo se estaba divirtiendo y avanzaba solo. Las combinaciones iban surgiendo solas, sin la perversión de lo preestablecido. Eran toques guiados por la intuición, por la conexión invisible que enlaza a los buenos jugadores. Era fútbol en estado puro, sin intromisiones tácticas ni guiños de pizarra. Ése es el secreto de Camacho: ha puesto el fútbol en su sitio, solo en manos de los futbolistas y la pelota. Junta a los mejores jugadores, les obliga a tomarse cualquier cita en serio, y les anima a jugar, a querer siempre más y más. Eso bastó para llenar Badajoz de fútbol. Mucho más que de mosquitos. Y ya es.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999