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Reportaje:

La hora de la verdad para hermanos irreconciliables

Las atrocidades de las milicias y la amenaza de guerra civil no arredran a los que lo han resistido todo en Timor.

TERROR EN TIMOREl pasado domingo, una poderosa delegación gubernamental indonesia llegó a Dili para entrevistarse con los representantes de Naciones Unidas, encabezados por el jefe de la misión en Timor Oriental, Ian Martin, y tomar el pulso, junto a la administración local, a una situación que en las horas precedentes parecía irse de la mano, con las milicias integracionistas convertidas en un torbellino asesino y destructor. De Yakarta llegaron cuatro superministros, entre los que se hallaban el liberal y cosmopolita Ali Alatas y el ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas indonesias, general Wiranto. Desde el primer momento, hubo pésimo ambiente y no sólo porque la reunión hubiera de celebrarse en el aeropuerto, ante el riesgo que corrían los visitantes si se aventuraban en una ciudad en manos de las embravecidas milicias. A Alatas se le planteó enseguida que, en vista del desorden y la violencia desbocados por todo el territorio, sería pertinente la llegada de una fuerza de pacificación internacional. El siempre sibilino y frío jefe de la diplomacia indonesia "perdió los estribos" ante la propuesta, según una fuente diplomática. "Indonesia cumplirá su parte de los acuerdos con respecto al referéndum en Timor Oriental y no permitirá la presencia de ninguna fuerza internacional mientras el Parlamento de Yakarta no apruebe el resultado del referéndum", vino a decir desabridamente el ministro, parlamentario por Timor Oriental en la anterior legislatura. El Parlamento debe reunirse en octubre para discutir sobre Timor Oriental y elegir presidente de Indonesia. Wiranto reiteró a los presentes que el Ejército y la policía mantendrían el orden y que la situación de caos estaría controlada en un plazo de dos o tres días. También dijo que había recorrido la capital y que no había visto bandas armadas, aunque existen dudas de si realmente abandonó el recinto del aeropuerto. Alatas en conferencia de prensa posterior habló de la complejidad de la situación, sin dar más detalles.

Las milicias se han hecho con el control de la calle y Wiranto no puede negar la evidencia. Es un enigma a qué juega el Ejército en Timor Oriental, si el caos es fruto de un plan perfectamente pensado y ejecutado, como piensan la mayoría de los observadores y testigos, incluido el obispo y premio Nobel de la Paz Carlos Ximenes Belo, o es fruto de la incompetencia. "Las milicias y los soldados son la misma cosa, pero con distinto uniforme", hace notar un recién evacuado de Dili, que relata cómo un policía indonesio disparó e hirió a otro de Naciones Unidas que iba en un vehículo con evacuados.

La ONU es la mala de la película para los integracionistas. "La ONU no aceptó la integración vigente, que se produjo tras una guerra civil [en 1975] y lo que hace es forzar otra guerra civil", decía el pasado mes de junio a El PAÍS Domingos Soares, alcalde de Dili y número dos de la administración civil del territorio. "La gente no está preparada en ninguno de los dos lados para aceptar el resultado del referéndum. Y eso es la guerra", remachaba. Aunque metía en el mismo saco a integracionistas e independentistas, Soares filtraba la opinión de los suyos: los integracionistas no iban a aceptar el resultado y lo iban a combatir hasta el extremo de la guerra civil. ¿De dónde van a sacar las armas necesarias? "Los integracionistas administran los presupuestos del Gobierno. De ahí las sacarán".

Domingos Soares es uno de los organizadores de Pam Suakarsa (Seguridad Voluntaria), el cuerpo en el que se agrupan todas las milicias que llevan meses asesinando y aterrando a Timor Oriental, con nombres como Aitarak (Espino), Ahi (Fuego), Besi Merah Putih (Hierro Rojo y Blanco, los colores de la bandera indonesia), Mahidi (acrónimo de Vida o Muerte por Indonesia)... Aitarak, con sus camisas negras, es la que en las últimas jornadas ha asesinado a cientos de personas en Dili, ha obligado a buscar refugio en Australia al obispo Belo, forzado la evacuación de los periodistas, testigos de sus atrocidades, y obligado a replegarse a Naciones Unidas. Su jefe es Eurico Guterres, quien según un embajador "podría poner en su tarjeta de visita: asesino profesional", el antiguo independentista convertido en integracionista tras su paso por las cárceles de Suharto. Guterres es también la cabeza visible de Pam Suakarsa por nombramiento de Soares.

Las milicias -un cóctel de soldados de élite, delincuentes comunes y gentes de la calle alistadas a la fuerza, o atraídas por el dinero o embrutecidas con alucinógenos- están ambiguamente a medio camino entre el poder civil y el militar. Abilio Soares, antiguo conductor de máquinas excavadoras y hoy gobernador del territorio, las avala como cosa propia: "Tenemos que defendernos porque la otra parte también tiene armas. Cuando ellos [los indepen-dentistas] entreguen las suyas, nosotros entregaremos las nuestras. Si no, nos matan a todos". Son más quienes las ven como el brazo ejecutor del Ejército. "Tenemos constancia de la entrega de armas a los integracionistas por parte de las fuerzas armadas indonesias", dice una fuente diplomática de un país con mucho en juego en Timor Oriental. Otra atribuye su control al Kopassus, unidad de élite creada por el yerno de Suharto, Prabowo, y añorante del viejo régimen. Los periodistas expulsados de Dili han sido testigos de la pasividad de la policía y de los soldados ante las milicias y han escuchado testimonios de cómo en muchas de las agresiones, las milicias constituían el telón detrás del que los soldados abrían fuego.

El presidente Yusuf Habibie y el general Wiranto dicen que van a restaurar el orden. Pero no hay constancia de que la cadena de mando político y militar llegue directamente de Yakarta a Dili. El territorio ha tenido históricamente una doble administración, cuya verdadera cabeza han sido los militares. "La invasión, la incorporación y la subsiguiente administración de Timor Oriental son (y siguen siendo) operaciones militares. Para el Ejército, el territorio ha sido un valioso campo de combate, una vía para el contrabando y un políticamente útil recordatorio de su propia importancia", escribe Adam Schwarz en A nation in waiting. Indonesia in the 1990s (Una nación a la espera. Indonesia en los años noventa). Robert Lowry en The Armed Forces of Indonesia (Las Fuerzas Armadas de Indonesia) explica en siete puntos las razones de la posición castrense: las vidas y recursos dedicados a pacificar la provincia; la situación geográfica de Timor y el deseo de mantener fronteras nítidas; la inseguridad subyacente del Estado indonesio y el temor a que permitir a Timor Oriental elegir podría sentar un peligroso precedente para otras partes del país; el temor a que un Timor independiente se convierta en un ente inestable cuyos problemas crucen la frontera; el descubrimiento de petróleo en las aguas de Timor Oriental; los propios intereses personales del Ejército, y, finalmente, la intransigencia del presidente Suharto.

El libro es de 1996, dos años antes de la caída del dictador, pero recientes investigaciones sobre su fortuna han revelado que Timor Oriental era poco menos que una finca de la familia Suharto: controlaba mediante testaferros el 40% del territorio. Para el Ejército, Timor Oriental es un cofre lleno de millones. Los militares administran y comercializan la mayor parte de la producción de los cafetales, la principal materia prima y fuente de recursos de Timor Oriental, que exporta por valor de más de 3.200 millones de pesetas anuales a la espera de que empiecen a salir a la superficie los 7.000 millones de barriles de petróleo que se encuentran bajo el mar de Timor.

El Ejército, que ha enterrado 25.000 de sus hombres desde 1975 en lo que Habibie llama "aquel pedregal", no tiene ningún aprecio al presidente y se resiste a tragar la amarga píldora que Habibie le quiere dar desde enero, cuando se sacó inesperadamente de la manga la idea de desprenderse de la 27 provincia de Indonesia. Una idea que barajan los integracionistas y que, según fuentes de Yakarta, cuenta con el aval de los militares es la de dividir Timor Oriental y crear una franja en la parte oeste del territorio, vecina a Timor Occidental, que se integraría en esa provincia indonesia.

Basilio Araujo es el responsable de la Oficina de Coordinación de Inversiones en Timor Oriental. Lleva meses sin recibir un solo papel en su despacho por lo que toda su actividad se centra en la portavocía del Frente Unido para la Autonomía de Timor Oriental. "Que ganen los independentistas no es un problema, porque Indonesia nos va a proteger", adelantaba antes de la votación del 30 de agosto. "Todos tenemos derecho a vivir en esta tierra. Este puede ser otro caso como Chipre, con Timor Oriental partido en dos".

Los independentistas no terminan de creérselo. "A Indonesia no le interesa alimentar el conflicto porque tiene otras regiones problemáticas", mantiene José da Costa, secretario político del comité central del Fretilín (Frente Revolucionario para un Timor Oriental Independiente). "Nosotros deseamos que esta gran república siga unida. El Ejército será el culpable de que siga la guerra. Pero no puede permitirse traer carros de combate a Timor. El conflicto puede ser un búmerang para Yakarta. Por eso le interesa que termine. Nosotros creemos a Habibie, pero depende de los militares, que si quieren le echan. Indonesia aún no ha hecho su transición".

El Fretilín es el brazo político de las Falintil (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Timor Oriental), cuyo líder máximo es Xanana Gusmão. Sobre el terreno, uno de sus responsables es Taur Matan Ruak, quien antes de la votación del 30 firmó un pacto de no agresión con Eurico Guterres y aceptó concentrar a sus hombres en dos áreas del territorio que ahora se encuentran en el punto de mira de los Kopassus. El domingo, Taur anunció que sus hombres volverán a las armas si no cesan las actividades de las milicias de Eurico y ayer demandaba la urgente intervención de una fuerza internacional de paz.

Las Falintil cuentan con amplio apoyo popular, al alto coste de 200.000 víctimas civiles, y gracias a ese apoyo han podido sobrevivir durante un cuarto de siglo a una guerra en la que se han probado todas las técnicas de la lucha antiinsurgencia. No obstante, sus recursos son mínimos. Una alta fuente de la guerrilla habla de 500 efectivos, incluidos 100 hombres de apoyo en las ciudades, con muy pocas armas: 250 fusiles de asalto M-16 de fabricación norteamericana, otros 250 Fal, y "cien mauser y cosas viejas". Da Costa no da aparentemente importancia a tal precariedad. "Esta es una guerra de resistencia popular y tenemos la seguridad absoluta de que vamos a ganar. En todos estos años hemos aprendido que se puede matar a las personas, pero no a la conciencia. Cuanto más mataban, mayor era la fuerza para resistir. Y ahora que siguen matando, con más fuerza resistiremos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999