Los atenienses viven sumidos en el pánico. Más de 700 temblores han tenido lugar desde el ocurrido el martes a las dos de la tarde. Cincuenta de esas réplicas han superado el 4,5 en la escala de Richter. Decenas de miles de personas permanecen en las calles, temerosos de retornar a sus casas. Las autoridades aseguran que 65 personas perdieron la vida en el seísmo, 1.557 resultaron heridas y 50 permanecen desaparecidas. Los trabajos para recuperar supervivientes debajo de los escombros de los edificios destruidos han dado algunos frutos espectaculares, como el caso del niño Tzanis Polikandriotis, de 10 años.
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"¿Quieres un helado?", gritó un trabajador del equipo de protección civil. Debajo de los cascotes de la casa derruida se escucho una débil respuesta: "Mi madre no me dejaría". Era la voz quebrada de Tzanis Polikandriotis, un niño de 10 años sepultado junto a toda su familia. La ocurrencia del chaval provocó la carcajada general. Horas después, esos mismos equipos de rescate obraban el milagro: Tzanis era sacado en medio de los aplausos y enviado a un hospital, en donde se recupera. El chico logró conservar la vida agazapado en una burbuja de aire. Su padre, que se encontraba próximo a su hijo,continúa bajo los escombros, pero no su abuelo, que fue recuperado también con vida poco antes. En las afueras de la fábrica de detergentes en el barrio de Nea Metamorphisu quedan aún atrapados unos 30 trabajadores. Con la ayuda de perros adiestrados, los equipos tratan desesperadamente de salvarles. Es una carrera cruel contra el tiempo. Los expertos consideran que la esperanza de vida debajo de los escombros en unas condiciones de ventilación adecuadas ronda las 75 horas. En el exterior, decenas de curiosos y familiares aguardan nerviosos alguna noticia.
"Estamos preocupados", reconoció Nikos Poulopoulos, que tiene a su mujer atrapada en esta factoría de Ricomex. La lluvia no ayuda a acelerar los trabajos.
Poco después de que el terremoto del martes derribara como un castillo de naipes este edificio de seis plantas era posible escuchar algunos murmullos debajo de los bloques de cemento y piedra. Tenían identificadas hasta 12 voces, pero éstas son cada vez más débiles y escasas.
Al otro lado de la barrera, voluntarios suizos, franceses, griegos y turcos trabajan con el único fin de encontrar supervivientes. Son los mismos que estuvieron en el norte de Turquía hace apenas tres semanas.
"Hemos escuchado al menos tres voces diferentes", asegura Feridun Celikmen, procedente de Turquía. Todos utilizan equipos sofisticados de búsqueda donados por EEUU para la catástrofe de agosto. Perros de raza collie, procedentes de Suiza, son la alternativa a la tecnología.
Se dice que son más efectivos, pues poseen la capacidad de separar los sonidos humanos de otros que confunden a las máquinas. Los trabajadores emplean micrófonos de alta sensibilidad que colocan en agujeros practicados previamente en el cemento. Aseguran que es una labor compleja, que requiere de paciencia y extremo cuidado para no provocar derrumbamientos que terminen por aplastar a la gente. "Mientras, les hablamos para darles ánimos y evitar la pérdida del contacto", dice Celikmen.
Miedo en las calles
Al tiempo que se trabaja en los edificios derrumbados, los atenienses, que temen la repetición del gran terremoto, hacen caso omiso a las llamadas a la calma y ocupan parques y plazas en donde pasar la noche. Nadie desea regresar a sus casas y arriesgarse a quedar sepultado bajo sus ruinas. Las autoridades han comenzado a repartir mantas. Las 700 réplicas ocurridas en 24 horas no ayudan a calmar los ánimos. Algunos de esos temblores han superado los 4,5 en la escala de Richter. Todos parecen tener las imágenes de Turquía en la memoria: autoridades y ciudadanos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999