De hacer caso a las noticias facilitadas por los militares desde Daguestán, la bronca que el presidente Borís Yeltsin echó el martes a sus generales ha actuado como un revulsivo. Supuestamente, y mientras preparan el ataque final, las fuerzas rusas han recuperado algunas posiciones tomadas el pasado domingo por los guerrilleros islamistas llegados desde Chechenia. Los miembros del Ejército y el Ministerio del Interior quieren evitar a toda costa la pérdida de la estratégica ciudad de Jasaviurt, en la que los islamistas pretenden establecer su capital, y que se encuentra en la carretera que conduce a la capital daguestana, Majachkalá. Las tropas federales han recuperado, supuestamente, unas colinas que dominan la ruta, pero en Jasaviurt se ha implantado el toque de queda entre las 10 de la noche y las 6 de la mañana. Las patrullas recorren las calles desiertas y las afueras para evitar los intentos de infiltración de comandos islamistas que confían en encontrar un claro apoyo entre la población.
Es ésta una guerra de frentes indefinidos, donde los choques directos se ven dificultados por el terreno montañoso y los problemas de comunicación, y donde ni siquiera el peso combinado de artillería, tanques, aviación e infantería basta para desalojar a los grupos guerrilleros de sus posiciones. Eso hace posible que no más de 2.000 invasores tengan en jaque desde el domingo a 15.000 soldados rusos, que además están recibiendo refuerzos desde diversos puntos de Rusia.
Según el primer ministro ruso, Vladímir Putin, el contraataque decisivo que puede terminar con los invasores se lanzará dentro de unos días. Otros dirigentes se muestran convencidos de que el problema estará resuelto este mismo mes.
Putin viajó ayer a Bielorrusia y hoy lo hará a Nueva Zelanda para participar en la cumbre de países de Asia y el Pacífico (APEC), durante la cual se entrevistará con Bill Clinton, probablemente el día12. Sin embargo, con ello está muy lejos de dar la impresión de que el conflicto en Daguestán está bajo control. Las milicias islamistas están demostrando que aprenden de sus reveses y, aun en el caso de que se retiren por segunda vez, probablemente será tan sólo para lamer sus heridas, reagrupar fuerzas y volver a intentarlo. El Gobierno checheno, en teoría opuesto a la aventura de Shamil Basáyev y los suyos, ni quiere ni puede hacer nada efectivo para pararles los pies.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999