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Tribuna:

Fascículos

La superioridad del mercado sobre las tradiciones es tan grande que, desde ha ya mucho tiempo, los años no empiezan por el mes de enero, sino en septiembre, justo en ese instante en que el verano acaba y las ciudades se llenan otra vez de mujeres y hombres a los que se les puede vender algo, personas que regresan de las playas o el campo con un optimismo nuevo y la doble sensación de que todo podrá iniciarse otra vez desde el principio y, además, va a ser menos difícil. Seguramente es esa actitud emprendedora la que hace que cada curso reaparezcan en los quioscos los fascículos de todo tipo, las secciones de inglés en 30 entregas, las clases de música o bricolaje, los vídeos para conocer la fauna ibérica o el cuerpo humano, las enciclopedias básicas y las bibliotecas universales diciéndoles a sus presuntos compradores: aproveche ahora que las cosas parten una vez más de cero, conviértase en quien siempre había soñado ser, llene los huecos que la vida hizo a su alrededor mientras usted corría para no quedarse atrás, sea culto, habilidoso, trilingüe, no haga caso cuando le digan que nunca hay una segunda oportunidad de causar una primera impresión. A la mayor parte de la gente le viene bien pensar que nada de eso es mentira, que de verdad el mundo se ha hecho más accesible y ofrece más opciones. Oscar Wilde decía que arrepentirse es una forma de modificar el pasado, y, de alguna manera, cuando uno se separa del quiosco de los periódicos y anda hacia su casa con las primera nociones de un curso de guitarra o los tomos uno y dos de la obra de un clásico en las manos, se siente de ese modo, capaz de enmendar algo, de volver atrás y recoger ciertas cosas a las que había renunciado. En el fondo, la llegada de los fascículos, su caída sobre las ciudades como una bandada de extrañas aves migratorias no hace nada más que recordarnos quiénes íbamos a ser, de dónde a dónde pensábamos ir, cuál era el retrato robot al que habíamos proyectado parecernos. Estamos en septiembre, uno mira las calles tomadas por los fascículos y sus compradores dispuestos a convertirse de una vez por todas en ellos mismos y se siente bien, nota una energía especial, parecida a la de ese personaje de un poema de Baudelaire que, al pasar junto a un parque público y escuchar la música cercana de una orquesta, empieza a caminar con una vitalidad magnífica, con unos movimientos contagiados del sonido contundente que sale de entre los árboles.

Sin embargo, con los fascículos suele ocurrir lo mismo que, sin duda, ocurriría con el protagonista del poema de Baudelaire: al irse alejando, al hacerse la música más distante y menos concreta y el mundo real nuevamente más nítido, más infranqueable, el hombre iría adaptando otra vez sus pasos al ritmo de la realidad, como quien viene de la luz y acostumbra sus ojos a la penumbra de un cuarto a oscuras. Así, con el paso de las semanas, los fascículos dejan de coleccionarse, las dos o tres últimas entregas no han sido ni sacadas de sus envoltorios, no hay tiempo para eso cuando uno es sepultado por la avalancha de los días laborables, cegado por el estrépito de las fábricas o las oficinas, desarbolado por la violencia de sus obligaciones. Alguna vez volveremos a encontrarlos, por pura casualidad o mala suerte, arrinconados en la zona de menos tránsito de la casa, en algún cajón sin uso o alguna estantería, convertidos en fragmentos o indicios de las personas que, otra vez, no hemos llegado a ser: un fotógrafo, una pianista, un lector empedernido.

O puede que no tenga por qué ser de ese modo, que no sea tan imposible como parece apartar determinadas cosas y hacerle hueco a otras mejores. Puede que la razón de que no se le encuentre acomodo a lo que siempre nos había parecido verdaderamente importante es que tenemos nuestras vidas abarrotadas de todo lo que en algún momento nos pareció prescindible, vulgar, indigno de nuestras propias esperanzas. Los fascículos son un buen ejemplo, nos dicen que no tenemos por qué quedarnos sin las cosas a las que hemos renunciado, que el principio de todo está en cualquier parte en donde uno sea capaz de construirlo. Es sólo cuestión de reunir un poco de fuerza. Las personas más fuertes no son las que tiran a otro, sino las que son capaces de levantarse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999