El terremoto que sepultó a millares de turcos en agosto y el que acaba de causar la muerte de varias decenas de griegos han impulsado un seísmo político: un acercamiento entre Ankara y Atenas y, por extensión, entre Turquía y la Unión Europea. La UE estudia acceder a la aspiración turca de figurar entre los candidatos oficiales a integrarse en la Unión. Turquía necesita esa perspectiva para reformarse internamente y para encontrar su sitio como país clave, miembro de la OTAN y gozne de Europa y Asia, el Mediterráneo y el Cáucaso, Occidente y Oriente Próximo. Tras el inoportuno portazo dado a Ankara por la UE el pasado año, el deshielo comenzó hace algunos meses, y se aceleró con la ayuda prestada por la Unión para paliar los efectos del terremoto. El propio ministro de Asuntos Exteriores griego, Giorgos Papandreu, anunció que su país levantaba las objeciones al principio del ingreso turco. Pese a que muchos Estados se escondían hasta ahora cómodamente tras las objeciones griegas, el pasado fin de semana, en la reunión informal de los ministros de Asuntos Exteriores de los Quince, esta tesis fue cobrando adeptos.
La cumbre europea de Helsinki, que en diciembre ha de rediseñar el mapa de la ampliación, podría confirmar esta tendencia. Sea como sea, la UE, que será muy distinta el día, sin duda lejano, en que llegue a incorporar a Turquía, no puede asentarse sobre el principio de la exclusión de ese país por su mayoría musulmana, pues de ese modo la propia multiculturalidad de la Unión resultaría inviable.
Ahora bien, la UE tampoco puede bajar la guardia en sus requisitos democráticos. Ankara tiene mucho camino que recorrer para cumplir las condiciones mínimas que se han de exigir a un candidato tanto en términos económicos como políticos. Sin embargo, la perspectiva de ingreso puede favorecer el impulso reformista que ha crecido tras la desastrosa gestión del terremoto por las autoridades turcas. Con las perspectivas abiertas de encauzar pacíficamente el problema kurdo, el terremoto ha puesto de relieve que el problema principal de Turquía es hoy la debilidad de su Estado, modernizado a principios de siglo por Ataturk, pero anquilosado luego y dominado por los militares y políticos corruptos.
Los gestos de Atenas responden también a su preocupación por el creciente papel que ha logrado Turquía en los Balcanes con la crisis de Kosovo y en Oriente Próximo con su estrecha relación militar con Israel. La perspectiva europea es la zanahoria que le pone Grecia -cuyos contactos discretos con Turquía empezaron antes del terremoto- al gran vecino para incitarle a negociar la seguridad en el Egeo o una solución para un Chipre dividido que también aspira a entrar en la UE, a la vez que Grecia busca un nuevo papel en toda la zona. No hay que esperar que Grecia y Turquía solventen todas sus diferencias, pero, si pasan del enfrentamiento a la competencia, mucho se habrá ganado.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999