En el Amsterdam de los años sesenta, rebosante de ideas libertarias alimentadas por provos revolucionarios, hippies inconformistas y ecologistas de avanzadilla, se sucedían los acontecimientos que la convertían en la capital más progresista de Europa. Fue entonces cuando el anarquista Luud Schimmelpennick atrajo la atención con sus bicicletas blancas, repartidas sin candado por la ciudad. Se regían por el principio de "úsala cuando necesites" y se podían utilizar para trasladarse a cualquier lugar con el único compromiso de dejarlas aparcadas a la vista para el siguiente usuario. "El plan nos va a liberar del monstruo-coche", rezaba un folleto de propaganda en la primavera de 1965. Los velocípedos apenas lograron mantenerse una semana en las calles: los delincuentes que compartían la ciudad con los pacíficos revolucionarios se las fueron llevando. Más de treinta años después, Schimmelpennik, que se ha cortado la melena y ha jubilado los pantalones de pana, pone hoy en la calle sus bicis blancas, dotadas ahora de los últimos sistemas para evitar robos y averías innecesarias, y con apoyo del Ayuntamiento.
La nueva versión, que aún mantiene latente el lema idealista de "la propiedad es un robo", tan coreado por aquellos estudiantes que lanzaron el proyecto, ha tenido que hacer concesiones en aras de la lucha por la supervivencia en una ciudad en la que ahora, mucho más que antes, desaparecen miles de bicicletas diariamente.
La modernidad del diseño va acompañada de la técnica antirrobo más avanzada. "Ya entonces nos quedó claro que las bicis no se podían dejar sin más en la calle", reconoce Schimmelpennick, recordando que una de ellas apareció después en Moscú en una exposición de arte alternativo sin que nadie pudiera explicarlo. De la experiencia aprendió que, ideales aparte, las bicis tienen que estar bien atadas. Las nuevas -unas 250 para empezar- estarán convenientemente fijadas en alguno de los 20 aparcamientos al aire libre que se van a distribuir por la ciudad, y en uno de ellos tendrán que ser de nuevo aparcadas.
"Para liberar la bicicleta hay que introducir una tarjeta magnética de cualquier banco en una máquina semejante a las que se usan para sacar dinero", explica Schimmelpennick. Los datos del usuario quedan registrados, y si la bicicleta no vuelve a ninguno de los puntos oficiales, la policía de Amsterdam se pondrá en marcha para recuperarla. Los fines altruistas también se han quedado en el largo camino recorrido en estos treinta años: la media hora de uso costará un florín (unas 77 pesetas), que se descontará al final del viaje.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 1999