El paisaje y los habitantes de la Mequinenza de Jesús Moncada volverán a hablar castellano. La editorial Anagrama, que ya había publicado las traducciones de sus dos primeras novelas, Camí de sirga y La galeria de les estàtues, acaba de editar Memoria estremecida, publicada originalmente en La Magrana en 1997. El autor, sin embargo, no quiere traducirse a sí mismo: "Esto me obligaría a recrear otra vez el libro y a replantearme las dudas que tuve al escribirlo", reflexiona.
Memoria estremecida está a punto de salir en francés, en la editorial Gallimard, y cuenta Jesús Moncada (Mequinenza, 1941) que se también se editará en alemán. De hecho, apunta, "la traducción castellana es el vehículo para que una novela en catalán pueda ser vertida a otros idiomas". Y apostilla: "Acabo de recibir las pruebas de la versión japonesa de Camí de sirga", que ya ha aparecido en otras 13 lenguas. Moncada publicará un nuevo libro de cuentos, Calaveres atònites, el próximo mes de octubre. La novela que ahora presenta Anagrama, traducida por José Ferreras, recrea un caso verídico que conmovió a la sociedad mequinenzana en 1877 y que tuvo profundas repercusiones a lo largo de generaciones. Tan profundas, que muchos de sus habitantes consideraron que era mejor no remover el pasado cuando se enteraron de que el escritor se disponía a ello. Se trata del asalto a un recaudador de impuestos y a una pareja de guardias civiles efectuado por un grupo de cuatro bandoleros del pueblo. El caso, que terminó con la ejecución de los acusados, resucitó en la novela de Moncada gracias a una casualidad bastante novelesca. El escribano del juzgado de Caspe, un tal Agustí Montolí, dejó escrita su versión del suceso y del juicio, que calificó de "inquisitorial", en un manuscrito que quedó escondido durante más de 100 años y que fue a parar a manos del escritor. La presencia de los dos representantes de la Guardia Civil en el robo -uno murió y el otro quedó malherido- fue clave, evoca el autor, en la dureza del proceso que refirió Montolí. Y el hecho de que uno de los asaltantes se apellidara Borbón tuvo sus consecuencias. El susodicho ni llegó al juicio: se le aplicó la ley de fugas durante un traslado. Moncada explica que en Mequinenza corre la leyenda de que Carlos IV tuvo hijos con una muchacha del pueblo y se dignó a prestarles el apellido. Cuentan las malas lenguas que la Guardia Civil intentó evitar tener que juzgarlo, pero no quería que quedara impune. Con su muerte antes del juicio, relatada en la novela, se consiguieron ambas cosas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de septiembre de 1999