Los refugiados están regresando poco a poco de las montañas pero con mucha cautela, pues aún temen ataques aislados de milicianos que ahora también se han infiltrado entre la población como pacíficos timorenses. Carlos da Cruz, casado y con siete hijos, llegó ayer del campo de refugiados de Dare, a una hora de Dili, para observar la situación. "Mi familia está toda allí", dice, "y sólo queremos regresar de aquel sufrimiento. No hay comida, casi no hay agua y la situación es muy difícil. Mi casa ha sido saqueada y después incendiada. Trabajaba en el departamento forestal de Dili y se han llevado todo lo que tenía. Las pocas cosas de toda una vida. Queremos regresar y volver a empezar, pero tenemos que asegurarnos de que todo está tranquilo. Esto es una desgracia".Junto al hospital general, el único que funciona en toda la ciudad, Antonio, un joven de 19 años, camina sudando con una bolsa atada a su cintura y una hoz en su mano derecha. ¿Qué ocurre? "Acabo de bajar de las montañas", dice casi agotado y en un estado de extremo nerviosismo, de máxima tensión. No sabe qué se puede encontrar. ¿Y eso que llevas? Antonio se coloca la hoz en el cuello: "Por si las milicias...".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de septiembre de 1999