Por fuera, una exageración. Por dentro, una visita corta, casi casi en fila india y sin perder el compás. Miles de personas, barceloneses de los que no se pierden una -"no faltaría más"-, guardaron cola ayer en la calle de Sant Pau. Era una cola auténticamente interclasista e intergeneracional que partía de una de las puertas laterales del Gran Teatro del Liceo y llegaba ni más ni menos que a la nueva Rambla del Raval. Pero ¿por qué? Porque los responsables del nuevo Liceo han abierto este fin de semana sus puertas a la visita de los ciudadanos. Amantes de la lírica o no, abonados o no, señores con aspecto de invitados a las inauguraciones o no, acudieron en masa a la invitación. El resultado: una calle de Sant Pau que a buen seguro nunca en su historia había albergado a tanta gente a la vez. De fondo, una pregunta: "¿Qué regalan?". Regalaban un paseo que consistía en lo siguiente: vista lateral -sólo mirar- del nuevo foyer, paseíllo por el carril central de platea, contemplación del escenario con el telón abierto y del doradísimo decorado de Turandot, cata del Salón de los Espejos -sólo accesible por un pequeño espacio-, descenso por las escaleras del vestíbulo y salida por las puertas de La Rambla.
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Con acierto, alguien opinaba que pasar la tarde del sábado aguardando para acceder al reconstruido coliseo lírico era "ejercer de barcelonés". "Con la inauguración del Liceo ha vuelto a pasar como cuando se celebraron los Juegos Olímpicos, que la gente salía a la calle para ver el resultado de las obras". Como cuando se hacían excursiones para ir a visitar la Vila Olímpica o el Palau Sant Jordi. Lo mismo, pero con más prisas y más apretujones puesto que las jornadas de puertas abiertas han sido, de momento, dos.
En el instante en que se abrieron las puertas, a las cuatro de la tarde, se vivieron momentos de tensión. Algún avispado se hacía el despistado para colarse. Después de horas de guardar cola, este tipo de intentonas dan rabia y se oyeron abucheos y se vieron algunos achuchones poco amistosos. Una vez superado el altercado, la multitud recuperó la compostura que se supone al barcelonés que ejerce de tal.
Una vez dentro, todos se mostraron dispuestos a cumplir con disciplina el ritual. Predisposición, toda: "Está precioso". "Recuerdo que las últimas veces que vine, antes del incendio, tenía un aire funesto, deteriorado y muy apagado. Ahora todo brilla más", rememoraban unos. Pero se percibía también cierto sentimiento de inaccesibilidad. "El lema de El Liceu de tots es un buen reclamo, pero es mentira. Esto seguirá siendo de unos cuantos privilegiados... Eso sí, lo hemos pagado todos".
Algunos más que otros. En el tramo final de la visita, en lo que en circunstancias normales es el acceso del teatro, el vestíbulo, hay un plafón en el que hay inscritos los nombres de todos aquellos -8.000- que se rascaron el bolsillo para contribuir directamente, y no vía impuestos, a la reconstrucción. Muchos se agolparon para comprobar si los responsables del coliseo se habían acordado de ellos. "Mira, ésta es la abuela, y éste el abuelo", le mostraba un padre a su hija pequeña. Una chica, con cara de desconcierto, murmuraba que no encontraba a su abuela, que había asegurado a la familia que se había desprendido de 500.000 pesetas para el Liceo: "¿Nos habrá engañado?", se preguntaba.
Otra mujer, habitual de las localidades del tercer piso desde los 16 años, sentada en uno de los sofás del Salón de los Espejos, decía: "Caminal me prometió que mi nombre estaría. Ahora voy a comprobarlo". Lo tendría difícil si su apellido empezaba por A. El plafón, colgado bastante alto, hace difícil la lectura de los que empiezan por las primeras letras del abecedario.
Al salir, un respiro. A la vuelta de la esquina, en la calle de Sant Pau la cola no había decrecido. La puerta lateral del Liceo seguía engullendo barceloneses. Hoy, más.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999