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Tribuna:

El óxido de la Dama de Hierro

La líder intelectual y moral del neoliberalismo e inventora de la revolución conservadora, Margaret Thatcher, dio el pasado miércoles un extraordinario salto al pasado en el seno del congreso de los conservadores británicos, que se presentaban como el partido del sentido común. Lady Thatcher, como gustan llamarla sus hagiógrafos más enamorados, defendió a Pinochet y atribuyó sus actuales pesadillas a "una venganza de la izquierda internacional por la derrota del comunismo, por el hecho de que Pinochet salvara a Chile y salvara a Latinoamérica". El hecho de que la sentencia de extradición a España la haya dictado un juez conservador, simpatizante de la ex primera ministra, no contribuye a esta versión.No se esperaba menos de Thatcher: se sentía agradecida por los grandes favores prestados por Pinochet al Reino Unido durante la guerra de las Malvinas. Con ello, la ex primera ministra ponía en el mismo plano los conceptos de intereses (los de su país durante el conflicto con la Argentina de los militares) y de derechos humanos, que son los que están en juego en el juicio al dictador chileno. Es decir, utilizaba la misma argumentación que los neoliberales han copiado de su jefa: introducir el mercado para todas las relaciones de la vida humana, no sólo para las económicas. En pocas ocasiones se clarifica tan manifiestamente un abuso tan pornográfico. Ha caído en el célebre dilema del prisionero: sustituir una relación por una transacción.

Thatcher no ha tenido una buena semana. A su intervención sobre Pinochet se le unía la opinión que de ella tenía su sucesor, John Major, que publica ahora sus memorias: una autoritaria. Y parte de su obra más genuina, el capitalismo popular, se ponía en cuestión a raíz del accidente ferroviario de Londres: la privatización del transporte está siendo un desastre, ya que las compañías que se quedaron con lo que una vez fue propiedad pública están más preocupadas por la rentabilidad a corto plazo que por el buen servicio a los consumidores.

Pero a Thatcher y Pinochet no les unen sólo los intereses, sino las simpatías. Simpatías por un sistema económico, el ultraliberalismo, que tuvo sus momentos cénit bajo la dictadura militar chilena y en el estado de derecho británico de la Dama de Hierro. El periódico El Mercurio de Santiago, en su hemeroteca, contiene la fantástica historia con la que Pinochet cuenta su caída del caballo y su conversión a la religión liberal... en la economía: "Éste es un viaje sin retorno del modelo económico". "Agradezco al destino la oportunidad que me dio de entender con mayor claridad a la economía libre o liberal". Y unos años más tarde, el chicago boy Joaquín Lavin, dedica estas palabras a su general: "El verdadero autor de la revolución silenciosa, el verdadero autor de la sociedad emergente, el verdadero autor, presidente, es usted".

El golpe de Estado en Chile fue en 1973. Tras un primer año y medio en el que la economía también fue gobernada por los militares, a continuación entraron a administrarla los chicago boys: los Sergio de Castro, Sergio de la Cuadra, José Piñera (el autor del milagro chileno de las pensiones privadas, tan alabada por los neoliberales españoles), Hernán Büchi, Álvaro Bardón, Rolf Lüders, etcétera. Al Chile de Pinochet acudió en peregrinación, con la ultraliberal sociedad Mont Pelerin, el maestro de todos ellos, el Nobel Milton Friedman, que se entrevistó con el general, aunque desde allí no dictara aquellas lecciones de economía televisadas que luego dio desde diversos países del sureste asiático, que crecían (se decía entonces) sin el corsé del Estado. Chile practicó el liberalismo económico, sin ninguna libertad política. Friedman aborreció luego de la dictadura. Seis años después del golpe, la mayor abanderada del monetarismo en Europa fue Thatcher.

Ambos comparten otra afición: son antiespañoles. Una vez que a nosotros nos crece el orgullo de serlo...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999