Rusia está metida de lleno en una guerra convencional en Chechenia y en otra de sucesión, sucia e implacable, por el Kremlin. En ambas se dispara sin compasión con todo cuanto pueda matar al enemigo. Mal momento para que Borís Yeltsin fuese internado ayer en el Hospital Central Clínico, aquejado supuestamente de una gripe con fiebre. Con un catálogo de dolencias que podría llenar un libro de medicina, la precaria salud del presidente ruso se convierte una vez más en la clave del futuro de un país que ha convertido la inestabilidad en rutina.
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El portavoz del Kremlin, Dimitri Yakushkin, aseguró por la tarde que, el viernes, el presidente se sintió mal, pero no tanto como para aceptar ser hospitalizado. Pese a ello, se proponía contemplar anoche por televisión el "partido del siglo" entre Rusia y Ucrania, en el que ambas selecciones se jugaban el pase a la Eurocopa del 2000.Toda Rusia estuvo pegada ayer ante la pequeña pantalla, pero en la clase política, la trayectoria del balón probablemente no preocupó tanto como el estado de los puentes cardiacos de Yeltsin (cinco), de su estómago (tiene una úlcera, a veces sangrante), de su columna vertebral (se mantiene a base de calmantes), de sus pulmones (ha sufrido dos neumonías), de su aparato respiratorio (varias infecciones agudas) o de su cerebro (se le atribuye desde Alzheimer hasta arteriosclerosis).
Con tantos achaques, pese a tener sólo 68 años (su rival Yevgueni Primakov tiene 69 y está en plena forma), este gigantón de aspecto de oso, que dirige la segunda superpotencia nuclear del planeta, pone a todos en vilo apenas empieza a fallarle alguno de sus órganos vitales. Hasta una gripe puede resultar fatal cuando rondan tantos otros problemas de salud.
Yakushkin, como siempre ha hecho (y sus predecesores antes que él), quita importancia al asunto. Yeltsin, asegura, recibe el tratamiento adecuado, y el lunes se sabrá a qué atenerse. Además, el portavoz desmintió la noticia publicada por el diario Segodnia de que el presidente está a punto de someterse a una importante intervención quirúrgica.
Hace unas semanas se dijo ya que el quíntuple puente cardiaco que le fue implantado a finales de 1996 comenzaba a fallar, lo que obligaba a una operación urgente. No la hubo. No se ha podido confirmar la supuesta visita de Yeltsin a una clínica la semana pasada, pero una cosa está clara: que las vacaciones que pretendía tomarse este mes tendrán que esperar.
Hace tiempo que no se publican encuestas sobre la popularidad del presidente, pero las últimas, antes de la guerra de Chechenia, le atribuían un humillante 2%. El escándalo del lavado de dinero y de los sobornos de una firma suiza alcanzan de forma cada vez más directa a su entorno familiar y a varios de sus más señalados cortesanos. El bloque formado por el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, y el ex primer ministro Yevgueni Primakov se proyecta con fuerza hacia las legislativas de diciembre y las presidenciales de junio del 2000.
Yeltsin pierde peso político día a día, pero aún es la clave del poder. Lo ha demostrado de sobra eliminando en año y medio a cuatro jefes de Gobierno: Víktor Chernomirdin, Serguéi Kiriyenko, Yevgueni Primakov y Serguéi Stepashin. Por mucho que influya La Familia (su círculo más íntimo), él tiene la última palabra. Sin él, Rusia entraría en un peligroso vacío de poder. El primer ministro, Vladímir Putin, se convertiría en presidente interino hasta que hubiese elecciones en el plazo de tres meses.
Ya se han afilado los cuchillos. Hay quien culpa al tándem Luzhkov-Primakov de haber destapado los últimos escándalos que contaminan al Kremlin.
Y el Kremlin está detrás de una campaña que mezcla calumnias y verdades a medias para descalificar a Luzhkov, el gran rival de Yeltsin y de los suyos. La hospitalización del presidente añade un factor de incertidumbre a un ring de lucha libre en el que no hay árbitros que penalicen los golpes bajos. Así será, así es ya, la más sucia campaña electoral de la Rusia pos-soviética.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999