Asistí con horror al culebrón de los teletubbies falsos (como si los hubiera verdaderos). Producía escalofríos ver a la policía salir de los almacenes de Fuenlabrada con las manos llenas de peluches, jugándose la vida. Después de todo, las naves industriales del delito evocaban aquellas otras de Chicago donde los gánsteres se ajustaban las cuentas con metralletas de verdad. A uno siempre le han dado más miedo los muñecos de mentira que las pistolas de verdad. Los muñecos falsos, además de tener en su composición materiales tóxicos, están poseídos por un rencor social tremendo. Algunos se despiertan por la noche y recorren fuera de sí los dormitorios de los niños en busca de juguetes caros sobre los que descargar su resentimiento de clase.En mi casa, cuando éramos pequeños, tuvimos un enfermero loco que había llegado dentro de un kit de enfermería de juguete. Entonces no estaba institucionalizado el todo a cien, pero había en López de Hoyos una tienda donde vendían cosas baratas que imitaban a las caras. La diferencia entre los muñecos caros y los baratos era que los baratos te amargaban la vida para vengarse de su condición social, que era la nuestra.
El enfermero loco tenía unos ojos saltones y un pelo amarillo como el de Van Gogh (no tardaría en faltarle una oreja), y se cargó a una familia entera de hámsteres que nos había costado muchísimo criar. En casa nadie me creyó cuando señalé al asesino con el dedo. Pensaban que los ratones habían fallecido de muerte natural, pero yo siempre supe que aquella masacre había sido obra del enfermero loco que le trajeron los Reyes a mi hermana.
Con el tiempo, además de perder la oreja, se fue quedando calvo y daba más miedo todavía. Te lo encontrabas en todas partes: en la nevera, en el cajón de los cubiertos, en el costurero... Era imposible abrir una puerta sin que el individuo aquel de trapo, cuya bata tenía más manchas que el delantal de un carnicero, apareciera con sus ojos saltones buscando una yugular en la que clavar la jeringuilla de juguete. Y no nos atrevíamos a tirarlo a la basura por miedo a que volviera con sus amigos para vengarse de nosotros. Todavía tiemblo cuando me acuerdo de él.
Uno de los teletubbies que la policía sacaba en brazos con gran riesgo de su vida de los almacenes de Fuenlabrada me recordó al enfermero loco. No hay que fiarse de esas sonrisas de peluche: al oscurecer se convierten en muecas. Ignoro cuántos de esos muñecos falsos habrán logrado distribuir los chinos en el mercado, pero ya verán cómo en los próximos meses aumentan las consultas psiquiátricas, incluso las muertes inexplicables de niños y preadolescentes. Hagan algo.
El caso es que no nos habíamos repuesto del culebrón de los teletubbies apócrifos cuando nos enteramos de que había en circulación miles de copias piratas de La amenaza fantasma. Da miedo ver las tonterías que la gente está dispuesta a falsificar aun a costa de acabar en la cárcel.
Antiguamente, cuando oías la palabra falsificación la asociabas a las pinturas de Cèzanne, Monet, Picasso, Modigliani. Los falsificadores tenían una cultura, en fin, una ambición, e intentaban reproducir cosas que ya originalmente eran caras. Pero es que un teletubbi vale dos duros, por favor, y una amenaza fantasma, cinco o poco más. Se entiende, en fin, que alguien pretenda reproducir fielmente un cuadro de Velázquez o una escultura de Rodin, incluso un billete de 10.000, pero estas imitaciones nos llenan de estupor. ¿En qué mundo vivimos?
El falsificador por excelencia era el personaje de Borges que quería plagiar El Quijote de tal manera que ni siquiera él mismo notara que lo había copiado. Eso es tener aspiraciones y lo demás son cuentos. ¿Qué placer puede haber en falsificar un tuperware, un collar de plástico, una vileda?
Lo curioso es que todas estas noticias a las que nos estamos refiriendo han saltado en Madrid, como si Madrid hubiera dejado de ser la capital del dolor para convertirse en la capital de la falsificación cutre. En cierto modo ha sido así: ahí está la violetera, que es un reflejo en bronce de la bestia que llevamos dentro. Y el complejo Azca, que es una falsificación alucinante de Manhattan. Y la funeraria, que ha imitado unos sistemas de lucro rápido que ya creíamos periclitados. Quienes llevan a cabo estas falsificaciones, como los que copiaban teletubbies, son, sin duda, parientes del enfermero loco de mi infancia. Es decir, que ha vuelto, está aquí, de donde a lo mejor nunca se fue.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999