(...) Según Andrea Manzella, la distinción entre publicidad y propaganda es "imposible". (...) Pero entre las muchas diferencias entre publicidad comercial y propaganda política me limito aquí a recordar que la primera vende bienes y servicios a unos consumidores que consumiendo, bien o mal, advierten que una estafa es una estafa. La propaganda política, en cambio, vende promesas (palabras) o personas. (...) Son cosas diferentes. Y resulta que el potencial de daño de la propaganda política es mucho mayor que el de la publicidad comercial. (...) Una distinción es analíticamente válida si se individualiza una diferencia y no es anulada por el hecho de que la realidad mezcla siempre todo: bien y mal, bello y feo, y también (...) propaganda y publicidad. Pregunta: si en el mundo real bien y mal se mezclan, ¿debemos quizás concluir que son indistinguibles? Del mismo modo, también si es verdad que los publicitarios reducen la propaganda política a algo casi similar que la venta de un dentífrico, ¿es lícito afirmar que son la misma cosa? Obviamente no. (...)Está el declive de la propaganda política que se ha confiado a la "fantasía reveladora" de los magos de la publicidad. Es la propaganda personal, puramente negativa y esencialmente difamatoria. Un candidato ataca a otro diciendo que le ha puesto los cuernos a su mujer, que discrimina a los homosexuales o que en su juventud ha esnifado cocaína. (...) Nadie niega que la publicidad negativa sea la más eficaz. Pero queda por saber si queremos reducir la política a un bombardeo de excrementos.
, 10 de octubre
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999