JUSTO NAVARRO Piranesi dibujaba, hace más de 200 años, un sueño de inacabables cárceles subterráneas, pero la pesadilla inacabable cabe hoy en dos metros cuadrados: el váter de hombres de la estación de autobuses de una ciudad populosa y muy visitada, Málaga, un solo urinario y dos retretes encenegados, y ni una percha, ni un gancho. ¿Dónde dejo la bolsa? ¿La dejo, como si fuera una balsa, flotando en el charco negro-amarillo neopiranesiano? Hay un sólo rollo de papel higiénico clavado a la pared, fuera del habitáculo donde está el inodoro, para que el viajero no desperdicie celulosa, y puertas metálicas, para que el viajero no las destroce a patadas. Este retrete es un retrato del presunto cliente de los autobuses, yo, tal como me ven los gestores de la estación: un delincuente viajero.
Así que entiendo a esos consejeros y concejales que viajan infatigablemente en coche oficial y en coche oficial van a sus cosas cuando se les rompe el coche privado, porque cualquiera se monta en un autobús. Uno se siente pequeño en un autobús. Es cada vez más grande la gente gracias a la nueva alimentación, o los asientos de autobús son cada vez más estrechos. Cuesta trabajo leer el periódico en autobús: no caben las manos con el periódico extendido entre asiento y asiento. Un autobús es un objeto económicamente científico, que, como el mundo en general, busca la máxima rentabilidad, y la empresa ha retirado la red que servía para dejar un libro y un botellín de agua. ¡Blandenguerías fuera! Ya tampoco está el reposabrazos que amablemente separaba dos asientos.
Pero el viaje es rápido, directo, Granada-Málaga, del este al oeste y hacia el sur, siguiendo el viaje del sol, dejando atrás chopos, secaderos de tabaco, gasolineras, los pinares de Loja, la llanura y la loma. Es un viaje estupendo. Y hay música. No es la música obligatoria de los supermercados: es el aviso azaroso de los teléfonos móviles, musiquilla de videojuego. ¡Viva la vida-videoguego! Esta música es útil, porque, además de anunciar una llamada, ayuda a conocer a los compañeros de ruta, presuntos delincuentes, como yo, pero cada uno con su teléfono, su personalidad y su temperamento: las distintas melodías con que avisa el telefonino sugieren sutiles diferencias de carácter. A la altura de Santa Fe, suena un electrónico clarín militar; por Huétor Tájar, un mambo; a la altura de Los Infiernos, cerca de Loja, una caricatura de la voz de Beethoven; en el Puerto de las Pedrizas, los Beatles, y, frente al cementerio de Casabermeja, un fantasmal alarido computerizado.
La música de nuestro teléfono móvil es el espejo de nuestra alma, y ya hay quien adivina tu carácter por la música que le pones al teléfono, como por tu firma o el mensaje que tienes en el contestador automático. ¿Cómo será mi compañero de retretes y viaje, ése al que le suena el teléfono móvil en el váter de la estación, tras la implacable puerta de hierro? Suena el soniquete, suena y suena la diana electrificada, y me imagino a mi hermano de autobús, sosteniendo desesperadamente la maleta para que no se la lleve el agua sucia, todas las manos ocupadas, y el teléfono sonando, sonando, desesperadamente también.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999