Yo no sé quién escribe las intervenciones de los mandamases de la cosa pública, salvo en el caso de las estrafalarias ocurrencias transatlánticas que en materia de arte le hacen decir a la pobre Consuelo Ciscar, pero me parece que la propensión a la facundia de esa clase de escritos debería ser revisada en favor de la cordura y también, muchas veces, de la sintaxis. Así, la Declaración Institucional del Molt Honorable President de la Generalitat Valenciana, firmada por Eduardo Zaplana Hernández-Soro, publicada en toda la prensa local con motivo de la Fiesta de la Constitución, lleva por título Horizontes despejados, Horizontes compartidos, cuando más propio habría sido titularla Horizontes lejanos en relación también con el peculiar uso que de la gramática castellana se hace en ella.
Ya en la primera frase de la pomposa declaración alardea de esa prosa burocrática del que ha aprendido a escribir pero no sabe muy bien cómo hacerlo: "Nuestra historia documentada nos permite celebrar con frecuencia el cumplimiento de hechos ocurridos que de forma especial han aportado riqueza a nuestra existencia". Ya es dudoso aceptar, además de la trabajosa redacción del pasaje, que la Constitución pueda englobarse sin más ni más en el cajón de sastre del "cumplimiento de hechos ocurridos", entre los que bien podría figurar algún que otro terremoto, pero resulta desmesurado atribuir a la aprobación de aquel documento, sean cuales fueren sus indudables méritos, el haber "aportado riqueza a nuestra existencia", como si se tratara de un Gordo navideño singularmente generoso en las pedreas. Por qué razón se alude aquí a la riqueza, es para mí un misterio, salvo que se considere como un reflejo inevitable en nuestros actuales gobernantes. Mayor perplejidad despierta el aserto siguiente, al que el anterior prepara el empedrado: "Pero hay algunas rememoraciones que merecen realmente ser tenidas en cuenta...". Aquí se confunde por la cara conmemorar, que es lo que sirve para guardar el recuerdo de algún suceso, con rememorar, que es recordar una cosa. No diré que se trata de un lapsus linguae, aunque a lo mejor, pero sí que más de un anciano puede rememorar el día en que pasó a engrosar las listas de recluidos en residencias ilegales sin tener por ello ninguna gana de conmemorarlo.
La Declaración -no teman, no me propongo desmenuzarla frase a frase- simultanea una pomposidad de analfabeto con la abundancia de registros perfectamente prescindibles cuando se tiene algo sustancioso que decir y conviene ir al grano sin marear la perdiz. No ignoro que es un texto protocolario, pero también el protocolo tiene sus reglas si quiere resultar convincente. A continuación hay un rosario de consideraciones hiperbólicas acerca de los indudables efectos beneficiosos de nuestra Constitución vigente, pero una vez más se le va la mano al escribidor oficioso al afirmar que "estos veintiún años han sido (...) los más compartidos por todos", lo que literalmente no se sabe qué diablos quiere decir, para dejarse llevar en seguida por la lustrosa poesía ilustrada de ocasión ("las luces arrinconan a las sombras", "triunfo de la razón sobre la irracionalidad") antes de caer en otra de esas ambigüedades sospechosas afirmando que "lleva ya más de dos décadas de continuidad a sus espaldas", como si la de llevar algo a la espalda no fuera una expresión vinculada por lo común a soportar una carga indeseada, para rematar este brillante preámbulo de tan solemne Declaración con una de esas frases de aliño tan del gusto burotecnócrata: "[La constitución] tiene aún mayor fortaleza en su función de anclaje para nuestra sociedad en el futuro". No es la gallina, pero se le parece. ¿O será que trata de hacer homologías espúreas con términos tan dispares como función, anclaje, sociedad, futuro?
No me dispongo a seguir aburriendo con este análisis de aficionado (y eso que apenas si voy por el principio de ese curioso escrito), aunque sea duro renunciar a la glosa de frases tan risueñas y globalizadoras como "Miramos todos con ilusión y curiosidad a ese tercer milenio que se asoma ya en nuestro futuro inmediato", dejar sin comentario imágenes tan logradas -algo prosaicas tal vez, pero qué importa ese detalle ante semejante despliegue rememorativo- como la que atribuye a Europa una actitud "remangada" (sic) a la hora de preparar su proceso industrializador, o pasar como si nada por decires como "hoy somos más fuertes, más sabios, hemos trabajado en la cura de las grandes llagas sociales que nos postraron hace cien (sic) años". Pero diré que algo no marcha bien cuando se da por bueno el papanatismo de semejante escritura institucional.
Eduardo Zaplana, en las Cortes./CARLES FRANCESC
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999