La intervención económica de Gerhard Schröder en la segunda empresa constructora alemana, Philipp Holzmann, para salvarla de la quiebra, y sus comentarios hostiles a la no menos hostil OPA presentada por Vodafone Airtouch sobre el grupo alemán Mannesmann, han sido bien rentabilizados por el canciller alemán. En primer lugar, en el congreso del Partido Socialdemócrata, donde tales gestos fueron interpretados como un pequeño giro a la izquierda de quien en los últimos tiempos había derivado hacia unas posiciones economicistas incompatibles con el pensamiento genérico de los votantes y militantes del SPD: significaban la primacía de la razón política sobre la razón puramente económica. Pero de manera indirecta, también le han servido a Schröder para dar un palmetazo al Banco Central Europeo (BCE) y poner en su sitio a su presidente, Wim Duisenberg. Y, en este sentido, sustituir con éxito al dimitido Oskar Lafontaine, que enfrentándose al BCE habría labrado parte de su desgracia en el Gobierno alemán.La historia es la siguiente: el euro había entrado en las últimas semanas en una zona de acelerado debilitamiento respecto al dólar; desde el 1 de enero, fecha de funcionamiento de la moneda única en su primera fase, el euro se ha depreciado respecto a la divisa americana alrededor de un 16% y un 30% en cuanto al yen. Hace dos semanas se llegó en algunos momentos a la paridad entre el dólar y el euro. Coincidiendo con esas fechas, el presidente del BCE, Duisenberg, hizo unas declaraciones a The Wall Street Journal en las que relacionaba la caída del euro con el intervencionismo de Schröder en Holzmann y Mannesmann: "Sin duda alguna, estos incidentes tuvieron un impacto negativo en la imagen del euro, aunque es un factor muy psicológico", dijo Duisenberg.
La toma de posición del máximo representante del BCE en la política económica soberana de Alemania constituye, sin duda, un ejemplo más de ese puño de hierro, mandíbula de cristal con el que actúa el BCE: cualquier opinión gubernamental sobre su política de tipos de interés le causa escándalo, pero él puede hablar con naturalidad de cualquier otro aspecto de las políticas nacionales, aunque sólo muy indirectamente tengan que ver con sus funciones. Será difícil que interfiriendo de este modo el BCE pueda legitimarse ante las oposiciones públicas de los países de la zona euro. Schröder se dio cuenta con rapidez del error de Duisenberg y reaccionó con frialdad: las palabras del representante del BCE eran "argumentaciones rebuscadas" y "la política alemana la hacemos nosotros". Poco después, el instituto de coyuntura alemana Diw de Berlín, poco sospechoso de heterodoxia económica, responsabilizaba a Duisenberg de la continua devaluación del euro y calificaba de "error incomprensible" sus declaraciones "desconsideradas" sobre Holzmann y Mannesmann. Se trataba de un ataque directo del BCE a un Gobierno de los que le pagan, que no tenía nada que ver con la política de estabilidad de precios que el Tratado de la Unión otorga al banco entre sus responsabilidades.
En su último boletín económico, correspondiente al mes de diciembre, el BCE se manifiesta preocupado por el riesgo de inflación futura; desde que en noviembre subió los tipos de interés al 3% ha aumentado el precio del petróleo, se ha debilitado el euro y ha crecido el dinero en circulación; también advierte que la escasez de mano de obra en algunos sectores hace tender al alza los salarios para el ejercicio que viene.
Cuando arrancó el euro en enero pasado, la inflación de la zona era del 0,8%; ahora está en un 1,4%. Pero el BCE también recomienda, en el mismo boletín, una rebaja de la "elevada" presión fiscal (algo que, de forma colateral, se ha discutido en el Consejo Europeo de Helsinki), una "reforma del sector público" y "reformas adicionales en el mercado de trabajo". ¿Tiene entre sus funciones el BCE la de dictar normas económicas de buena conducta?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999