El buscón don Pablos sigue merodeando por Madrid y dando ideas a los birladores que trabajan con mucho estilo pero sin manejar el estilete. La variopinta familia de los timos se ha visto incrementada con la presentación en sociedad de un nuevo retoño de nombre contundente: el timo del huevazo. El acto tuvo lugar el jueves en la plaza de los Sagrados Corazones, ante el bochorno del Santiago Bernabéu y el pasmo del Padre Damián. Unos individuos pretendieron afanar cinco millones a un ciudadano que salía de su oficina bancaria tan orondo.Como todos los timos célebres (tocomocho, nazareno, estampita), el huevazo nace con evidente vocación dramática. Su ejecución precisa de coreografía, puesta en escena, unas dosis de cinismo, ritmo, cualidades histriónicas y una dirección artística exquisita. Cuando la víctima sale del banco, un huevo caído del cielo se estampa contra su hombro. En cuestión de segundos, un individuo con aparente cara de estupor, se acerca al pringao como buen samaritano y le ayuda a limpiarse la chaqueta, al tiempo que hace comentarios airados acerca de lo descuidada que es la gente.
En tiempos de piratas informáticos y navajeros digitales, el timo del huevazo tiene aromas del Siglo de Oro y de la picaresca incruenta. El huevonero, por llamarle de algún modo, ha de ser un artista impávido, vestido con decencia, rápido como el rayo, falso como la madre que lo parió, espabilado como una ardilla y conocedor de recursos retóricos para cualquier situación. Ha de ser, por otra parte, experto carterista y sutil psicólogo. Es decir, un artista. Pero mientras que los carteristas no ofrecen espectáculo, porque son muy discretos, los huevoneros, con sublime osadía, incluyen un impacto visual que hubiera encantado a Stan Laurel, Oliver Hardy, Chaplin y Buster Keaton. En su presentación en sociedad, un policía vio atónito toda la secuencia y desbarató la apoteosis final del espectáculo. Pero su ejemplo cundirá, porque, en cuestión de huevos, aquí hay muchos. Que se lo digan al caballo de Espartero.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999