KOLDO UNCETA
Atrás han quedado las imágenes de la calificada por muchos como feroz represión policial contra los manifestantes anti-OMC en las calles de Seattle. Para la pequeña historia de esta ciudad quedan también la indignación de sus habitantes y las pérdidas millonarias de unos comerciantes que se las veían muy felices por ser durante unos días centro de atención de todo el mundo. En el recuerdo de las organizaciones de defensa de los derechos civiles en los Estados Unidos quedará el escándalo y la incredulidad de ver en su propio país una acción tan brutal contra pacíficos ciudadanos. Seattle será recordada por estos días de disturbios, de miedo y de caos.
Los efectos de lo ocurrido en esta ciudad norteamericana tendrán, sin embargo, otro tipo de proyección a medio y largo plazo. Porque lo ocurrido allí desborda con mucho las previsiones más pesimistas de los apóstoles de la globalización sin controles ni límites, de los paladines del mercado como único instrumento capaz de organizar un orden social y económico a escala planetaria. Tan sólo han transcurrido unos días desde el fracaso de la cumbre de la OMC y los comentarios y análisis de uno y otro signo ocupan ya páginas enteras en los principales medios de prensa de todo el mundo. Es la resaca de Seattle, que, a diferencia de otras, es probable que dure bastante tiempo.
Mucho se ha hablado y escrito sobre las pretensiones de esta cumbre. Durante décadas, la expansión del capitalismo a través del comercio internacional se encontraba limitada por la existencia de unas economías y unas sociedades nacionales, para cuyo desarrollo los Estados dictaminaban normas y ponían en práctica políticas diversas. El marco del Estado-nación era la referencia básica desde la que abordar las relaciones económicas internacionales, y el proteccionismo convencional puesto en marcha por aquéllos -concretado en aranceles y otro tipo de trabas a la entrada de productos extranjeros- representaba la piedra de toque de todas las negociaciones comerciales llevadas a cabo en el GATT, el antecesor de la OMC.
Sin embargo, con la liberalización creciente de los mercados impuesta desde los púlpitos neoliberales y la abolición de la mayor parte de los controles a la libre circulación de capitales, la situación del comercio mundial ha dado un vuelco de 180 grados. Hoy en día las diferencias salariales y de condiciones laborales, la distinta protección del medio ambiente en unos y otros lugares, las subvenciones a los agricultores, la protección de la diversidad cultural, los problemas de la propiedad intelectual, la fiscalidad, y un largo catálogo de temas se han convertido en causa de controversias comerciales, en objeto de discordia entre productores de unos y otros países, que ven estas cuestiones como factores que influyen en sus precios y, por ende, en su capacidad para competir en mejores condiciones en un mercado globalizado.
Lo lamentable de todo este asunto es que no han bastado años de denuncias del expolio medioambiental, de la explotación laboral de los menores, de la apropiación de patentes por parte de las multinacionales sobre cuestiones que son patrimonio de la humanidad, de la pérdida de diversidad cultural, y de un sinfín de abusos contra los derechos humanos, la cultura, y el medio ambiente. Han tenido que ser los problemas generados en el funcionamiento de los mercados lo que impulse a discutir estos temas. El bien supremo del dinero merece lo que los derechos de las personas no merecía.
Ahora bien, una vez puesto de manifiesto que la globalización sin normas es lo más parecido al caos, queda por dilucidar quién elaborará las reglas del juego. Saber si los gobiernos de los países más ricos y los lobbies empresariales lograrán imponer sus criterios, o si, por el contrario, estamos ante el comienzo de una nueva era en la que la mundialización económica sea acompañada por el surgimiento de una nueva democracia de carácter universal, en la que los intereses de los distintos países y sectores sociales puedan expresarse en mayor igualdad de condiciones. Esto es lo que el fracaso de Seattle ha dejado pendiente. Esto es lo que la OMC, por sí sola, no debe ni puede resolver.
Policías de Seattle detienen a manifestantes anticumbre./AP
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999