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COMUNICACIÓN

Las fotos censuradas del siglo

Una publicación especializada del Reino Unido repasa 100 años de engaño fotográfico

La tentación de censurar la realidad ha sido una debilidad para gobiernos y editores de periódicos. Unos por temor o vergüenza, otros por paternalismo con el lector. La historia del siglo XX es la primera que se ha podido contar además con una cámara. Tras aquellas imágenes cuya ocultación sirvió en su día a alguien para maquillar la historia, se desvelan hoy también los propósitos. La publicación británica Index of censorship ha querido recuperar las fotos censuradas en este siglo en un libro recién publicado en el Reino Unido. En él reviven un Hitler grotesco ante su propia demagogia y las imágenes de adolescentes norcoreanos presos que el Ejército estadounidense nunca quiso dejar ver.

Cuando Dan Rather, el heredero del zar de la verdad norteamericana (tras la jubilación de Walter Cronkite de la cadena televisiva CBS News), escribió hace algunas décadas su libro La Cámara nunca pestañea, seguramente jamás soñó que a finales de este siglo surgiría un poderoso movimiento de estudio y denuncia de ciertas verdades gráficas bastante cuestionable. Ciertos editores y ciertos reporteros (incluyendo a los patológicamente mentirosos y miedosos) suelen manipular el destino mismo de la materia prima a fin de darle mármol a los escultores de la historia con hache minúscula. O, lo más fácil, silenciarla.Hay episodios que sólo la captura fotográfica de un gesto, de un letrero, de un arranque y de una tragedia es más potente que volúmenes impresos sobre la historia de este siglo. Al rescate de esas imágenes y loablemente contra el funesto aporte de la censura, acaba de salir en Londres el último ejemplar de una de las publicaciones más inteligentes del Reino Unido, Index of censorship. El Índice de censura no es material para la CNN ni para los conglomerados de la comida rápida informativa.

Index ha sido el vehículo para un inventario de las imágenes del Hulton Getty Picture Collection, para llevar testimonios gráficos de una era espectacular y en la cual la máquina fotográfica se incorporó al audaz arte de apretar el disparador, escuchar el click y sentirse dueño de una situación especial, importante o no. No son pocos los fotógrafos cuyo trabajo recoge Index como resultados notables que fueron censurados, adulterados y condenados al olvido.

El deseo de la diva

Razones explícitas para la desaparición de una foto de Joan Crawford en el Dorchester Hotel de Londres en 1956 no existen. Debió ser pudor y las instrucciones de la diva lo que impidieron que esa imagen y el artículo escrito para narrar la escena no vieran la luz pública. Ahí está la actriz, magnífica, sensual, recibiendo un fervoroso beso de un admirador que explora con mirada y labios el escote de la sex symbol de la época.

Para los que suponen que la personalidad obsesiva de Adolfo Hitler era infalible en el control de sus subalternos más íntimos, Index produce un raro ejemplo de que la retratista oficial del peor nazi no estaba presente en el momento en que otro fotógrafo llamado Heinrich Hoffman le sacó una foto que sobrevivió a la censura del Tercer Reich. Hitler aparece como un rocanrolero, se le ve moverse, casi se le puede oír un grito de gozo, con las manos en alto, celebrando el clímax de un solo de guitarra eléctrica.

No. Hitler estaba escuchando la grabación de uno de sus discursos. Si existen indicios de que incluso Hitler tenía orgasmos, ésta es la foto. Hitler, por supuesto, la prohibió y ordenó la destrucción de los negativos. Pero Hoffman conservó un fotograma y gracias a él sabemos algo más de la monstruosa megalomanía del Führer.

El escritor argentino Alberto Manguel, autor de su galardonada y sustancial Historia de la lectura, escribe: "Toda fotografía deliberadamente censurada o inconscientemente manipulada, aunque se ofrezca como una obra fija, rígida, blindada contra toda intervención, depende sólo de la necesidad de engañar". Una frase enigmática, como las fotografías históricas menospreciadas o simplemente condenadas al ostracismo por conveniencias políticas y un desdén por la libertad de expresión.

En tiempos de guerra todo vale. Esa premisa, por ejemplo, se aplicó para prohibir en el Reino Unido una de las imágenes de los efectos del blitz (bombardeos constantes) sobre una calle de Farrington, en marzo de 1944. En la reunión editorial del Picture Post se acordó su defunción. ¿El motivo? La foto mostraba el caos y el miedo de los londinenses.

Su reproducción fue suspendida hasta 1948. Sólo entonces muchos habitantes de la capital británica pudieron contemplar una postal del miedo bajo las bombas. Un civil dirige el tráfico, un policía pasmado sólo atina a aferrarse a su bicicleta, quizás para no caerse de asombro. Con el trasfondo de un edificio devastado y humeante, dos hombres acarrean a una mujer herida al lado de un bombero confundido, manguera en mano, pero confundido. La instantánea fue prohibida porque su potencia podía afectar la moral de los londinenses en tiempos en los que Winston Churchill consiguió darle al estoicismo el énfasis de un ineluctable deber patriótico.

Conflictos más distantes, situaciones a menudo ignoradas por la atención occidental, no se escaparon del largo brazo de la censura, esa institución que nutre a las dictaduras y reproduce los efectos de mentiras más o menos bien camufladas.

La autocensura embruja a los editores de la gran prensa. Hay fotos de un dramatismo sin par cada día. El conflicto es si darlas o no y triunfa generalmente el no para no enturbiar la paz del lector ni provocar alteraciones al solaz de la vida urbana.

Es el caso de Corea del Sur, en 1950. En la foto, prisioneros norcoreanos famélicos, algunos de tan sólo 12 años, en humillante posición de cuclillas, atados unos a otros, aguardan su destino en manos de los surcoreanos amigos de Occidente. La guerra fue brutal. Pero abundan más fotos de las atrocidades del Norte, una vez censuradas las cometidas por el bando estadounidense.

Los sistemas digitales han ayudado a remodelar y adulterar fotos auténticas. Es un nuevo trabajo y en el que aparentemente se gana bien. Al margen de la manipulación técnica, existe una afición a adaptar los símbolos de épocas de precursores condenados al retoque de laboratorio a fin de no ir contra la corriente de lo políticamente correcto.

Ahí está el caso del triunfo de la organización británica Quit, el grupo de presión más poderoso contra los fumadores. El año pasado, los defensores de la autenticidad elevaron el grito al cielo después de que a la fotografía del célebre industrial británico Isambard Kingdom Brunel se le hubiera quitado, de una pose de gran orgullo, el puro que se fumaba frente a la nave SS Great Britain. Una desaparición que se acomoda a las actitudes actuales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999