Hace unos meses se celebró en Sevilla un encuentro de historiadores donde se debatió, entre otros temas de interés, la ascendencia africana de los andaluces, llegando un ponente a asegurar que por nuestra sangre, desde Almería hasta Huelva, brincan y danzan leucocitos de indudable acento negroide que, en la selva de los siglos, se fusionaron con una Andalucía ya de por sí promiscua en su árbol genealógico. No es por tanto el nuestro un árbol puro del paraíso racial, sino más bien un frondoso olivo injertado con varetos de las más variadas gamas que ha granado en un fruto mestizo, variopinto y plural. Qué maravilla. En lo más profundo de nuestro alambique racial se han fundido sangres de todos los colores para concluir, al menos hasta el día de hoy, con un biotipo como el andaluz que comparte la inmensa riqueza étnica del Mediterráneo. Un cantaor flamenco de la talla de José de la Tomasa, gitano con cuarterón de sangre italiana, me lo dijo hace tiempo: ¿Puro? Hasta los perros que lo son parecen tontos...Arzallus, un purista ortodoxo del nacionalracismo vasco, acaba de adorar al dios de la pureza de sangre, al idolillo vernáculo del vasquismo inventado por ellos, para ellos y para los de su tribu. En una revista mexicana (también es tino el de Arzallus el ir a adorar a la raza en uno de los países más mestizos del planeta) ha vertido la neblinosa ideología que durante años ha venido confundiendo a una parte del pueblo vasco que, a fuer de mentirles y engañarles, han acabado por creerse lo que Arzallus no se cree: que la base de su cultura radica en la pureza de su sangre, en la incontaminación de su raza. Ni Saenz de Heredia, con guión de Francisco Franco, mejoraría la película que Arzallus continúa rodando para exaltar la limpieza del leucocito vasco.
Ustedes me dirán que pese al gazpacho racial andaluz del que presumimos hemos sido capaces de crear en nuestra tierra un monumento al racismo como El Ejido. Tienen razón. Pero miedo me da pensar qué hubiera pasado si El Ejido se encontrara en Rentería y Arzallus hubiese aplicado sus teorías sobre el valor de la raza no ya sólo a los españoles, sino a los magrebíes...
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000