El arquitecto británico Richard Rogers -el abanderado de Tony Blair a la hora de transformar Londres de una ciudad clasista en una metrópolis humanista- emprendió hace cinco años una gira mundial. Había decidido divulgar su nuevo modelo de ciudad: la urbe humanista, precisamente. Buen conocedor de su tiempo, Rogers comenzó a pregonar su doctrina arquitectónica en un medio ciego como la radio, a través de una serie de conferencias que eran a la vez un mensaje de esperanza y un grito de alarma. El arquitecto de origen italiano recordaba que todas las grandes ciudades han sido antes un pueblo y que la reunión de pueblos, coligados por un gran centro -modelo europeo-, resulta más habitable que las ciudades organizadas por servicios y sectores -modelo americano-. Las ideas de Rogers para las nuevas ciudades llegan ahora a España recogidas en el libro Ciudades para un planeta pequeño. La Diputación de Barcelona ha traducido el texto al catalán -dentro de la recién inaugurada colección Espai Públic Urbá- y la editorial Gustavo Gili lo ha vertido al castellano.
El modelo humanista de Rogers es un macromundo ciudadano. La ciudad ideal del británico deberá ser, a partes iguales, compacta y policéntrica -integradora de comunidades y protectora del campo-, diversa en actividades, estímulos y habitantes, ecológica -capaz de mantener un equilibrio entre paisaje y construcción-, creativa y experimental. Como colofón, el autor del Pompidou propone una ciudad justa en la que los ciudadanos participen en la toma de decisiones.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000