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Tribuna:ELECCIONES 2000

El círculo virtuoso

Para nosotros, los nacionalistas, estas elecciones suponen una doble culminación. Por una parte, la de un proceso interno de reorganización de nuestras estructuras y por otra, la de la adaptación de nuestro discurso y estrategia al nuevo escenario valenciano. Proceso, éste, que se inició de forma tímida durante la segunda mitad de los ochenta, se aceleró a partir de 1995, alcanzó el grado de irreversible el 13 de junio de 1999 y que culmina ahora en estas elecciones a las cortes generales.

Busquemos pues perspectiva y hagamos para ello un poco de historia. Después del gran trauma social que supuso la batalla de Valencia, el valencianismo, consciente de su fragilidad y de su poco margen de maniobra, no tuvo más remedio que enrocarse para defender cuestiones previas que ocupaban sus energías, impidiendo el desarrollo de un auténtico programa político. En especial y de manera fundamental, se enrocaron en el objetivo de la dignificación y viabilidad futura del valenciano como lengua nacional. Así, el nacionalismo se hizo fuerte en los ambientes académicos, cediendo a la Universidad durante muchos años el papel de referente institucional del valencianismo, desde donde se proyectaron elementos del programa valencianista al conjunto de la sociedad.

Políticamente se optó, a escala nacional, por apoyar electoralmente al PSPV y actuar en él como lobby lingüístico y cultural, a cambio de que éste abriera desde las instituciones de gobierno brechas políticas y jurídicas que permitieran ampliar y profundizar la acción cívica y cultural del nacionalismo. Gran paradigma de esta época fue la aprobación por las Corts Valencianes de la Llei d'Ús i Ensenyament del Valencià, que con su despliegue permitió introducir el valenciano en las escuelas. Asimismo, abrió nuevas posibilidades de prestigiarlo socialmente, permitiendo frenar la galopante sustitución lingüística de los años setenta o primeros ochenta, y lo que es más importante: consolidó los cimientos de una lengua viable, moderna, como futuro instrumento de comunicación y cohesión nacional de los valencianos.

Paralelamente, se empezó a trabajar políticamente de forma muy modesta, se partía de cero, y con una perspectiva casi exclusivamente local. Estos ensayos se centraron en aquellas ciudades medias del país, donde el perfil sociológico y el poco impacto con que llegaron los ecos de la batalla de Valencia permitieron consolidar pequeños núcleos de acción política. Estamos hablando de poblaciones situadas fuera de l'Horta de Valencia, en la zona valencianohablante del país, donde la lengua mantenía una notable vitalidad y recuperaba un prestigio creciente, y que a la vez habían vivido una profunda transformación de sus estructuras fruto del gran desarrollo económico que se desató a partir de los sesenta. Comarcas enteras que habían pasado del sector primario al sector servicios, en una sola generación. Esta rapidísima transformación generó una nueva capa de clases medias de las que nacieron pequeños núcleos ilustrados y progresistas que serán en esta época el motor de la construcción de un espacio político valencianista. Gandia, Ontinyent, Sagunt o Vila-real serían algunos ejemplos.

Poco a poco, producto de este escenario que hemos descrito, el valenciano fue ganando prestigio y posiciones en el país, de forma muy notable en la escuela, y la actividad cívica y cultural valencianista se multiplicó por doquier. Por otro lado, al blaverismo (último gran intento de frenar nuestra modernización social), se le acentuaron las contradicciones internas de un discurso que se aislaba de la acelerada modernización de la sociedad valenciana, lo que le hizo perder influencia y ganar marginalidad. Simultáneamente, el modesto programa político que el PSPV tenía para el país se agotó y su obra de gobierno fue palideciendo hacia un gris tecnocrático, que sumado a la crisis que vivía a escala española fue situándolo contra las cuerdas y minando su enorme base electoral.

La derecha, que de forma silenciosa había ido ganando espacios de poder municipal, se fue renovando generacionalmente. Así, sin presentar programa político alguno, se vio con fuerzas de presentarse en 1995 como alternativa a la Generalitat. Para ello, contó con los vientos a favor. Primero, con las bazas del descrédito socialista, que le aportaba algunos miles de votos, pero que sobre todo dejaba en la abstención bastantes más. También jugó a su favor la división del voto de izquierda entre el PSOE y una IU anclada en la doctrina de las dos orillas, y por último, la legitimación ideológica que el PSPV le regaló gratuitamente. Para disimular el agotamiento de su programa, los socialistas redujeron el debate político al simple debate de la gestión cotidiana, abandonando así el terreno propio de la izquierda, que es el de la transformación, la creatividad, la ilusión y la imaginación. En este contexto se celebraron las elecciones autonómicas de 1995, que podían representar un cambio histórico: por primera vez la derecha podía ganar en el País Valenciano unas elecciones.

La campaña del miedo del PSPV no fue suficiente para contrarrestar su descrédito y falta de proyecto, y vergonzosamente perdió las elecciones en un país mayoritariamente de izquierdas. El PP se instaló sin oposición en la Generalitat. Un PP populista y mediático que gobierna a golpe de encuesta sólo preocupado por mantenerse en el poder usando y abusando de él. La gran movilización ciudadana del 95, previa a la victoria popular, sorprendió por su magnitud a propios y extraños. Decenas de miles de valencianos estaban dispuestos a defender unos mínimos de dignidad para el país. Estábamos delante de la primera gran prueba de madurez del valencianismo.

A partir de aquí, los acontecimientos se precipitaron: el trabajo político a escala local se consolida incorporándose toda una nueva oleada de ciudades medias y pequeñas que pasan a tener presencia nacionalista. Se penetra con fuerza en l'Horta, la evolución ideológica que grupos de jóvenes nacionalistas habían iniciado a principios de los noventa se extiende al conjunto del movimiento, que, consciente de sus posibilidades, ha ido convergiendo en una única plataforma política, el Bloc, que electoralmente recoge ya los primeros frutos del importantísimo trabajo hecho en las escuelas.

El pasado 13 de junio, el nacionalismo político entró en su particular círculo virtuoso, impulsado tanto por la masa crítica ya conseguida y su consiguiente efecto centrípeto como por el espacio creciente que el valencianismo está teniendo entre los jóvenes. Círculo que permite vislumbrar un crecimiento sostenido del Bloc y, por lo tanto, un papel cada vez más relevante en la vida política valenciana.

Estas elecciones, con la incorporación de la plataforma Valencians pel Canvi, cierran un ciclo del valencianismo. El trabajo perseverante y tenaz de los últimos 50 años nos ha permitido llegar a la masa crítica suficiente para alcanzar, política y socialmente, una operatividad plena. El nacionalismo ya forma parte del paisaje político del país con voz y fuerzas propias. Todo este capital político que hemos acumulado lo vamos a poner al servicio de la construcción de un programa político con aquellos sectores de nuestra sociedad interesados en la modernización y el progreso del país: los profesionales, los autónomos, el mundo de la pequeña y mediana empresa, el sindicalismo, los sectores urbanos de las ciudades de València y Alacant, las comarcas castellanohablantes... Todo, para vertebrar una mayoría social alternativa que permita dar al País Valenciano el definitivo salto hacia la modernidad.

Pere Mayor es presidente del Bloc Nacionalista Valencià.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000

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