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Tribuna:ELECCIONES 2000

El rostro

JOAN GARÍ Vamos a ver. Un político es alguien que da la cara, o que debería darla, en todo momento y circunstancia. Un político es un "hombre público": un rostro público. Por si hiciera falta una constatación tan sumamente obvia, es esa parte de la anatomía de nuestros amados líderes la que se pasea urbi et orbe en los rituales periódicos de apareamiento entre partidos y electores comunmente llamados campañas electorales. Pues que otra sustancia iconológica se pone en juego en una "campaña" sino la exaltación de unas pocas caras en primerísimo plano, la reiteración ad nauseam de sus santas faces.

Pero, ¿son "rostros" esas imágenes macrocefálicas que nos asaltan en pantalla, en la cartelería o en las aún esenciales vallas electorales? Son unas formas anagógicas, sospechosamente irreales (delirantes, las llamó Jesús González Requena), con los colores saturados, la sonrisa a veces imposible, y todas las imperfecciones ayer evidentes misteriosamente borradas: los surcos de la edad, las patas de gallo, la calvicie extrema. No hay mejor lifting que el que te hace un buen asesor de imagen electoral. Como los astronautas cuando van al espacio (con gravedad cero, las arrugas desaparecen), nuestros políticos entran en campaña hechos unos chavales. Salir es otra cosa, claro.

Hay ejemplos y ejemplos. Chirac, por aducir uno emblemático: enfrascado en su carrera presidencial, sus asesores le procuraron un arreglo fotográfico tan extremo que tuvieron que colocar debajo de su imagen la frase Oui, c'est Chirac. ¡Por si las moscas! Años antes Felipe González, en un trance parecido, se encontró con el problema contrario: su juventud resultaba demasiado fresca, demasiado insolente para un país que venía de masticar gerontocracia estricta. En el 79, Pilar Miró tuvo que pintarle unas patillas blancas para que la memoria genética del cuerpo electoral no reviviera instantáneamente las soflamas de Largo Caballero.

Es evidente que la habitual sinécdoque de los cuerpos políticos ya resulta una estrategia de persuasión un poco rancia. Si el arte ve un rostro y se interroga, la política -su contrario ontológico- lo exclama. No me extraña, pues, que la mayor parte de los machos de mi especie haya optado por sustituir las pulsiones políticas por las futbolísticas. Al fin y al cabo, el fútbol todavía es capaz de despertar sus buenas pasiones. La política -¿esta política?- las anestesia. Por eso no tiene verdaderamente un rostro. Sólo jetas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000