En estos días, los dos grandes partidos han buscado exhibir sus figuras de la canción, de la escritura, del teatro o del cine. Norma Duval por aquí y Ángela Molina por allá, Paloma San Basilio por allí y Joan Manuel Serrat por acá. Fácilmente, por el aroma de cada elenco, se vislumbra la naturaleza de la opción. Los de derecha tienden a atraer figuras del music hall mientras los de izquierdas alistan a gentes del Pen Club. En adelante, cuando se vaya a una película, se vea la televisión o se elija un libro, el cliente puede saber qué escritor o qué actriz está de su lado. Pero ¡qué antiguo parece todo esto! Un buen número de profesionales del espectáculo tienen prohibido por sus agentes la manifestación pública de su ideología, que, en definitiva, puede comprometerle el favor de la facción rival, pero los intelectuales, los escritores en particular, apenas se callan. Un escritor lleva todavía hoy, metido en la pulpa de su alma, que su oficio afecta a la salud de sociedad y que, aún escribiendo malas novelas policiacas, su literatura es como una invitación a la libertad; y esto, en parte, por culpa de las encendidas proclamas de Vargas Llosa.
En el elenco de gentes que airean los conservadores españoles de este año apenas hay escritores-escritores pero con los humoristas nunca pasa lo mismo. Quique Camoiras está al lado del PP y JoséLuis Coll con el PSOE, JoséLuis López Vázquez aparece a la derecha y Antonio Fraguas (Forges) al otro lado, sin que pueda decirse que se disfrute de más o menos valor según las afinidades. Sí en cambio tienen menos encanto, menos talento y menor imaginación los realizadores de cine del PP que parecen claramente condenados a la extinción. Una extinción que es, en todo caso, el carácter general de la situación política vinculante entre famosos y partidos. Porque así como en estos días los intelectuales y artistas se reparten como voluntarios centuriones entre PP y PSOE ¿es concebible que suceda igual con los futuros videoartistas, los creadores virtuales, los nacientes autores del net art? ¿Cabe imaginar que los hackers, los nerds, los epígonos de la constelación Matrix vengan a firmar un manifiesto en apoyo de los de Génova o los de Ferraz? ¿Es, en suma, verosímil que en el universo de los hipertextos, en la experiencia de lo fractal, en el mundo de lo digital, siga habiendo un nicho para los socialistas de Pablo Iglesias o los populares de la mujer-mujer?
El mundo avanza tan aceleradamente que estas elecciones parecen de vez en cuando y repetidamente, como las últimas de su clase y de esa nostalgia parece surgir el aire vetusto de los mítines, la vaciedad de los espacios electorales y las convocatorias cariñosas de personajes famosos, propias de otro siglo. Estamos presenciando una realidad política que sabemos acabada pero seguimos viviéndola como si todavía existiera. Por miedo o por vértigo. También por amor a Ozores, a las hermanas Valverde, a Imanol Arias, a Paco Rabal.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000