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Tribuna:

Del negrero al impuesto verde

Las izquierdas se irritan por las alusiones del jefe de la patronal a su presunto programa oculto. El PP se refocila, él sabrá si la coyunda le reportará votos.Lejos de inquinas y alegrías, a lo mejor sirve el ejercicio de aflorar lo que esté poco claro, sin detalle o sin fecha en los modelos económicos de este paisaje electoral.

Empezando por el de la propia patronal. ¿Qué modelo defiende? Desde su fundación a finales de los setenta, la CEOE predicó el novedoso democratismo político de su elegante presidente, Carlos Ferrer Salat. Por debajo, dio trigo al proteccionismo de muchos, controlados por el secretario general, José María Cuevas, que empleó en ello la tenacidad corporativa aprendida en sus años de sindicalismo vertical.

El primer gran documento, de los primeros ochenta, fue un análisis ante el acceso de España a las Comunidades, cuyas tripas exudaban Joan Güell y Ferrer -elogiado negrero- aunque sus lemas fuesen de Laureà Figuerola -el gran contable del general Prim-, campeones respectivos del proteccionismo y del librecambio a final del XIX.

Palpitaba aún en el mundo económico español el residuo de una querencia ancestral por el libro del cura carlista Fèlix Sardà y Salvany El liberalismo es pecado. A caballo entre el mercado y su negación, este país generaba, un drama, pocos liberales (¿los hay hoy? ¿o sólo ultraliberales e intervencionistas?). El liberalismo bien entendido empezaba siempre por el vecino, mientras que para uno mismo se prefería la subvención.

Del pulso entre el corporativismo y Von Hayek, salió éste vencedor, mientras los dirigentes patronales dedicaban jornadas a conspirar, ya contra el primer Adolfo Suárez, ya contra el penúltimo Felipe González, tras una fluida coexistencia en su primera fase. Algo sin parangón allende las fronteras, donde sus colegas europeos cohabitaban con Gobiernos de todo signo o les influían. O se peleaban, pero por una medida concreta

Mientras, el jefe de la casa compartía Consejo de la papelera Sarrió con los aterrizados de Torras, el buque insignia de Javier de la Rosa y los kuwaitíes, pronto hundido. Y al calor del reagan-thatcherismo, se impulsaba el Instituto de Estudios Económicos (IEE), el think tank de donde saldrían algunos cadetes ultraliberales. ¡Sean benevolentes con Cuevas¡ Viene de donde viene, acumula la digestión de Sardà i Salvany, José Luis de Arrese, Milton Friedman... Por eso no reclama un verdadero Tribunal de Defensa de la Competencia. Y se extraña de que muchos colegas le vean como entrañable pieza arqueológica.

Ilumínese lo oculto. Entre los jóvenes cadetes que la CEOE-IEE ha aportado al Gobierno del PP, de todo hay. La sensata y viajada secretaria de Estado de Comercio, Elena Pisonero, y su colega de Economía Cristóbal Montoro, un catedrático tardío. El ex-jefe de Relaciones Laborales Julio Sánchez Fierro, de los que recomendó a Juan Aycart, el quintacolumnista contra Manuel Pimentel; y el secretario de Estado de Hacienda, Pepe Folgado, un tipo bondadoso que cede su plaza a los técnicos en el Consejo de Presupuestos comunitario cuando éste se intrinca. O el inefable consejero del Banco Central Europeo, Eugenio Domingo Solans, al que algo debe la catastrófica presencia inicial española en Francfort. Claro que si hablamos de Europa, todo viaje es bueno, pues un ministro, el de Fomento, Rafael Arias-Salgado, no se desplaza a Bruselas desde que perdió la guerra digital.

De la patronal a los partidos: al asunto estrella de los impuestos. Ya se ha destacado aquí el acierto del PP en concretar su propuesta de reforma del Impuesto sobre la Renta y la ausencia de cuantificación de la alternativa de las izquierdas más allá del lema "Mejora del tratamiento de las rentas del trabajo más bajas". Pero las incógnitas siguen abiertas: cómo casaría Aznar esa minoración de ingresos con la conservación del miniEstado del bienestar; cuándo se haría; cómo se evitaría que recalentase la economía y disparase la inflación, según temen la OCDE y Bruselas...

Sobre las rentas del capital, no es que haya ocultación programática en las izquierdas, sino pocas propuestas: "Equiparación de la tributación entre rentas del trabajo y del capital" y ganancias patrimoniales obtenidas en más de dos años, todas a la tarifa general. En el del PP no hay nada, cabe suponer que el continuismo (tributación de las plusvalías al 20%). El problema es europeo, no sólo español. Pero el Gobierno Aznar ha combatido en las cumbres la armonización fiscal de la UE, única manera -empezando por la coordinación- para, en un continente con libertad de circulación, evitar desplazamientos de capital causados por las diferencias fiscales. Resultado, en diez años la fiscalidad que grava el capital ha caído en Europa siete puntos mientras que la que grava el trabajo ha aumentado diez. Tampoco ha aplaudido la reducción del IVA para las actividades que incorporan mucha mano de obra (empleos "de proximidad", servicios de cuidado a domicilio, reparaciones, limpieza..) que están yendo de cine en Francia.

Otro gran contraste se da en el impuesto ecológico, la "ecotasa", que propugnan IU y PSOE. Y de la que reniega el PP. Su Gobierno es el único de los Quince que la veta a nivel europeo. La idea es que quien contamina, pague. Algo más práctico que encarcelarle -caso Puigneró- algo más preventivo/disuasivo que punitivo, más liberal. Ejemplo: hoy, una granja de mil cerdos poluciona más que una ciudad de 100.000 habitantes. Pero los ganaderos se niegan a ser los primeros en depurar, porque incrementa sus costes en beneficio del competidor; si no hay ecotasa que financie la depuración, nadie dará el primer paso. Aznar alega que el impuesto verde reduciría las ventajas competitivas de España respecto de los países europeos más desarrollados. Pero ¿no se podría implantar con distintos tipos, crecientes en función de la mayor renta nacional?

No hay objetos ocultos, pero sí difuminados. Y mucho por discutir. Sin imprecaciones ni palabrotas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000