El pacto realizado entre las direcciones del PSOE y de Izquierda Unida marca un cambio en el escenario político y abre expectativas al conjunto de la izquierda ante las próximas elecciones. Muchos son los análisis que se pueden efectuar acerca de este acuerdo entre las dos direcciones de las formaciones políticas de la izquierda. Algunos de estos análisis inciden en la motivación de los actores; otros, en las consecuencias para el mapa político español. En esta circunstancia nos ha parecido imprescindible transmitir a la opinión pública la valoración que hacemos de este hecho.Durante muchos años, tanto desde el mundo sindical como desde el interior del partido socialista, hemos abogado por la unidad de acción entre las fuerzas de la izquierda. Nos parecía que la única manera de poder realizar políticas de progreso se basaba en alcanzar acuerdos entre los afines para poder desarrollar desde el Gobierno políticas coherentes con las convicciones del socialismo democrático. Si hacemos memoria, es imprescindible recordar que el primer gran momento de la unidad de acción entre las fuerzas de la izquierda se produce en el año 1979 con la constitución de los ayuntamientos democráticos. Fue un gran momento de explosión y de alegría popular que permitió que figuras señeras del antifranquismo como el profesor Tierno accedieran a la alcaldía de grandes ciudades.
Tras ese momento, la crisis de la democracia española, la desaparición de la UCD, el conflicto interno en el seno del propio PCE, provocaron en 1982 un gran triunfo del PSOE, que fue unido a la mayor derrota sufrida por la otra familia de la izquierda política. Esa situación de asimetría entre el PSOE y el PCE permaneció durante años. No ocurrió lo mismo en el mundo sindical, donde la hegemonía compartida de las dos grandes centrales permitió ir avanzando hacia una política de autonomía y de unidad de acción que fue decisiva para contrarrestar la ola neoliberal que conformó las posiciones de los distintos Gobiernos europeos durante los años ochenta.
Creemos que esa batalla de los sindicatos fue especialmente relevante en España para mantener las señas de identidad de la socialdemocracia. A partir de diciembre de 1988 hemos venido batallando desde el mundo sindical y desde el interior del partido socialista por propiciar un giro social en la política de los Gobiernos de aquellos años y por ir sembrando la posibilidad de un reencuentro entre las dos formaciones de la izquierda.
En 1993 intentamos, con otros destacados militantes del PSOE y de Izquierda Unida, posibilitar un entendimiento entre ambas fuerzas de la izquierda. El Gobierno por el que optó Felipe González tras las elecciones de aquel año fue un Gobierno del PSOE con CiU, que trajo consigo un conflicto muy duro con el movimiento sindical fruto de una reforma laboral muy negativa para los derechos de los trabajadores. A pesar de aquel acuerdo entre el PSOE y los nacionalistas catalanes, a pesar de que dentro de Izquierda Unida imperaban posiciones favorables a la tesis de las dos orillas, los que suscribimos este artículo seguimos abogando en aquellos años por crear puentes de entendimiento entre las dos fuerzas de la izquierda. Es lógico, por ello, que hayamos saludado con alborozo la propuesta que Joaquín Almunia y Francisco Frutos han propiciado. Creemos que esta propuesta es muy necesaria para centrar el debate político en problemas que preocupan realmente a los ciudadanos. No queremos decir con ello que no tenga importancia para los electores la definición del Estado constitucional o la necesidad de renovar las prácticas políticas. El federalismo y la profundización de la democracia son señas inequívocas de la izquierda a las que no podemos renunciar. Nos agrada repetirlo en estos momentos, pero es necesario decir también que el debate entre el neoliberalismo y la socialdemocracia es el que debe marcar las propuestas de las distintas formaciones políticas.
La política del Gobierno del Partido Popular ha provocado un desmantelamiento paulatino de las políticas sociales en campos como la educación o la salud. La apuesta de la izquierda por una escuela pública de calidad, por una sanidad universal y por un sistema público de pensiones requiere de una fiscalidad progresiva. La política de privatizaciones, la reforma de los impuestos, la creación de fundaciones sanitarias, el abandono de la escuela pública son prácticas coherentes con la concepción del Estado y del mercado que defienden los neoliberales, pero no pueden ni deben ser asumidas por personas que nos reclamamos de la izquierda.
El debate político en España ha estado dominado durante estos años por unas formaciones de tipo nacionalista, conservadoras en lo económico, que se reclaman artífices de la reforma laboral del 94 y de la reforma fiscal del 98, pero que a la vez provocaban un continuo sentimiento de incertidumbre constitucional. Los nacionalistas catalanes condicionaban la gobernabilidad como garantes de la mayoría parlamentaria, fueran populares o socialistas la primera fuerza política, pero, a pesar de ello, nunca estaban a gusto, nunca encontraban su encaje en esta España autonómica.
Mientras esto ocurría en España, en Europa iban apareciendo Gobiernos de centro izquierda donde socialistas, comunistas y ecologistas trataban de hacer frente a la globalización y a la pérdida de soberanía de los Estados con propuestas innovadoras como la reducción del tiempo de trabajo. Ese debate europeo no traspasaba las fronteras españolas porque estábamos sumergidos en polémicas donde la confrontación ideológica quedaba relegada ante los problemas de identidad.
Tenemos ahora una oportunidad para retomar el camino de la articulación de una izquierda plural que entienda que lo ocurrido estos días no puede ser un simple acuerdo electoral, no puede quedar en una pirueta sin calado estratégico. Es el momento de aprovechar las elecciones para, de aquí al día 12 de marzo y después del 12 de marzo, crear una nueva relación duradera entre las fuerzas de la izquierda. No será fácil. Somos conscientes de la atracción irresistible que el centrismo y la desideologización ejercen sobre una parte muy considerable del socialismo europeo. No somos tan ingenuos como para pensar que ese ala liberal del socialismo que hasta ayer aplaudía la tercera vía de Blair se ha convertido de repente a las posiciones de una izquierda plural como la francesa. Somos conscientes también de la dificultad para una parte del electorado de Izquierda Unida de comprometerse en el campo de la socialdemocracia. Ni a los liberales les pedimos que abjuren de sus convicciones ni a los izquierdistas utópicos que abominen de sus ideales, pero debe quedar muy claro, al menos así lo percibimos los que firmamos este artículo, que la hora de la socialdemocracia está pendiente en España. Esa política exige audacia, valor y perseverancia.
La izquierda vive la paradoja de gobernar en la gran mayoría de los Gobiernos europeos, pero de no ser capaz de gobernar Europa. La izquierda debe apostar por una Europa social, por una redefinición del Estado del bienestar y por un nuevo internacionalismo. La izquierda tiene que definir su modelo de Europa y hacer frente al problema Norte-Sur para que Europa no se convierta en una isla de bienestar dentro de un mar de miseria. Los sindicatos y los partidos de la izquierda deben articular un nuevo proyecto que se enfrente al racismo, a la xenofobia, para evitar hechos tan lamentables como los ocurridos recientemente en El Ejido; al paro estructural, a las nuevas formas de exclusión y de desigualdad social. Ese proyecto de reformas exige de la voluntad de todos, también de los electores que están llamados a las urnas el próximo 12 de marzo. Tenemos una magnífica ocasión para producir un giro estratégico en las relaciones entre un PSOE que empieza a mirar a la izquierda y una Izquierda Unida que se siente llamada a participar con realismo en un nuevo proyecto. Es obligación de todos no frustrar esta esperanza.
(*) Nicolás Redondo Urbieta fue secretario general de la UGT. Firman también este artículo José María Zufiaur, Apolinar Rodríguez, Antonio García Santesmases, Manuel de la Rocha, Vicent Garcés.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000