Entre los felices años de 1996 y 1999, José María y María Eulalia han paseado su amor por Jarandilla, Mallorca, Barcelona, Badajoz y Sevilla. Una maravilla. Están enamorados. Como sucede a la mayoría de nuestros ídolos, a José María y a María Eulalia les acosa una prensa ávida de corazón que a veces no les deja disfrutar como quisieran de tan deliciosa y viajera intimidad. Pero es lógico: qué madrileño no se identifica con un caballero del monasterio de Yuste, como fue nombrado José María en Jarandilla, y qué madrileña no suspira por ser objeto de una declaración de amor en pleno Pleno, como lo ha sido la suertuda de María Eulalia. Así da gusto y se va a más.Lo malo de esta sociedad mediática que nos ha tocado vivir es que no conoce límites en su obsesión por informar y por dar detalles que a nadie importan, de ahí que la prensa ávida de corazón sea capaz de llegar a perder el respeto a sus ídolos. Es lo que pasa con los paparazzi de la oposición, que en lugar de conformarse con las bonitas exclusivas de las facturas justificadas de José María se empeñan en empañar la felicidad de la pareja buscando una justificación que ya quedaba bien clara en las palabras del edílico: "Estoy muy enamorado de María Eulalia y no puedo ir a ningún sitio sin ella". Así es el fuego del amor, que no lo apaga ni el despechado Cuerpo de Bomberos al completo.
Porque José María y María Eulalia son una pareja inseparable, envidiable. Tienen sus debilidades y sus ilusiones, como cualquier pareja de enamorados. A ver qué par de tórtolos no ha planeado un viaje exótico. Y no me refiero sólo a esa Jarandilla de monjes en flor que debió hacer las delicias de la pareja, sino a ese inolvidable viaje a Cartagena de Indias (Colombia) para asistir a aquella interesante Conferencia Internacional de la Familia. Cuántas amistades fraguaron José María y María Eulalia en tan especial encuentro, qué entrañables recuerdos. Para que vengan ahora a ensombrecerlos esos amargados de la oposición, que, como no tienen valores, no pueden conocer el amor. Envidia.
Además, todo enamorado tiene su propia cuenta restringida, porque en el amor, eso sólo lo sabe quien ha vivido sus luces y sus sombras, las cuentas son muy privadas. Y así debe ser, injustificable pero con discreción; lo demás es alarde, alarde de amor, y eso, como hablar de dinero, resulta de muy mal gusto. Como José María y María Eulalia son una pareja modelo, de exquisita educación, no airean sus gastos, sino que los discuten de puertas para adentro del hotel de Mallorca y luego le pasan las facturitas a María del Carmen, una secretaria de confianza, como las de toda la vida.
En su envidioso afán por enturbiar este amor intachable, los paparazzi de la oposición insisten en sacar a colación extremos que sólo a los protagonistas interesan, como que en la boda de Luis Ramallo júnior José María y María Eulalia se decantaron, después de comer, por degustar el técula-mécula, detalle de su intimidad que me parece una grosería no silenciar, porque forma parte de sus caprichos y los caprichos privados son.
Quien más quien menos tiene sus caprichos de postre, y el que no, que tire la primera piedra. Si me dijeran que José María y María Eulalia paladearon el técula-mécula en otras circunstancias menos justificables. Pero siempre lo hacen en bodas, que son esas celebraciones tan bonitas que nadie tiene derecho a mancillar. A José María y María Eulalia les encanta ir a bodas que les recuerden lo enamorados que están desde hace tanto, tanto tiempo.
Lo que más pena me ha dado de todo este asunto es el disgusto que se ha llevado la pobre María Eulalia. Por discreta y pudorosa, como tienen que ser las mujeres como Dios manda. Por eso se ha disgustado tanto y ha musitado que le había dado mucha vergüenza la declaración de amor pública que le ha brindado su José María. Ese amor que han paseado por Jarandilla o Sevilla pero que siempre se han cuidado de proteger tras los sobrios muros de un buen parador nacional y que ahora vienen los desalmados a sacar de sus presupuestos.
Pero yo sé que tras el límpido pudor de María Eulalia se esconde el orgullo de ser esa mujer públicamente amada que todas llevamos dentro, esa sin la que nuestro José María particular no puede ir a ningún sitio, esa mujer que todas somos a la que gustan los buenos hoteles.
Y qué decir de los postres. Una mujer de esas con un amor de los que van a más.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000