Esta cima de 1.396 metros domina la recóndita aldea de El Atazar y el mayor embalse de la región
Hay paisajes, como el desierto y el mar, que por su simplicidad remiten a las edades primigenias del planeta. El Atazar tiene algo de eso, de desierto y de mar, de la Tierra silúrica, de cuando la luz de la razón era aún un oscuro albur en la lotería de la evolución. Por un lado está la presa de El Atazar, la mayor reserva de agua dulce de la región, mayor que los otros 13 embalses madrileños juntos, todo un mar. Por otro, un desierto de pizarra y jara pringosa hasta donde alcanza la vista. Si uno no siente un repelús en el pestorejo, un irse, un vértigo, al asomarse a este paisaje elemental desde Cabeza Antón, es que no le ha tocado ni un fotón en dicha lotería.Ese vértigo aflora ya al cruzar el muro de la presa, una ola gris de 484 metros de largo por 134 de alto, curvada de tal forma que su paramento de aguas abajo vuela sobre el abismo sinuoso del Lozoya. Es el mismo río que, aquende el muro, forma un manso piélago de 1.070 hectáreas, 72 kilómetros de costas, medio billón de litros...; cifras impresionantes, pero que en años de sequía como éste menguan drásticamente, mostrando entonces el embalse los descarnados taludes, los islotes y los bajíos en que podemos encallar los madrileños si no llueve pronto a capazos. La obra comenzóse en 1967 y la inauguró quien ya se imaginan el 10 de abril de 1972.
Y ese vértigo se agudiza al ver, ya en la otra orilla, la extrema soledad del pueblo de El Atazar, sito al final de una carreterilla sin salida, en lo alto de una loma pelada, sin un árbol en dos kilómetros a la redonda, ni siquiera un ciprés proyectando su parca sombra sobre el camposanto. En 1864, Casiano del Prado no dudó en señalar esta tierra de barrancos como la más pobre de la región, donde apenas podía cosecharse centeno, y éste tan sólo rendía tres por uno. Abandonados los cultivos, reducidos a leña robles y encinas..., las jaras invadieron estas soledades que la presa no hizo sino confirmar poniendo casi un océano entre ellas y el resto del mundo.
Justo al norte de este pueblo donde aún subsisten 90 almas, se alza el mejor mirador de tanta soledad: Cabeza Antón. El camino que nos ha de llevar hasta él arranca a espaldas de la iglesia parroquial: pulcra fábrica de lajas de pizarra parda -como buena parte de la aldea-, de época barroca, con airosa espadaña y crucifijo gótico esmaltado en su interior, todo ello bajo la exótica advocación de santa Catalina de Alejandría. Y es una ancha pista de tierra que desciende trazando un par de largos zigzagues, por el frontón y por el cementerio, hasta el fondo del barranco del arroyo de la Pasada.
Nada más cruzar el regato, la pista ofrece un desvío a la derecha que no se ha de tomar, rebasa luego un colmenar y, como a media hora del inicio, comienza a culebrear por un solitario robledillo. En otra media hora, al cabo del bosquete, surge a la diestra un ramal que trepa al picudo Torrejón (1.292 metros). Pero nosotros seguiremos subiendo por la pista principal y, tras pasar junto a varias majadas en ruinas, alcanzaremos un rellano -a cinco kilómetros justos del pueblo, o una hora y media de paseo-, señalado con un hito al borde del camino, en el que deberemos desviarnos a la izquierda por la cresta de la alargada loma en cuyo extremo se atisba la estructura cilíndrica del vértice geodésico de Cabeza Antón.
Plantones de encinas y robles de una reciente y acertada repoblación; afilados crestones de pizarra; enormes mojones de aire prehistórico; y la linde de un pinar de no tan reciente ni acertada repoblación, nos conducirán en tres cuartos de hora hasta este vértice situado a 500 metros sobre el dulce mar de El Atazar y 1.396 sobre el salado. Éstas son las vistas: a poniente, el valle del Lozoya, desde la sierra de La Cabrera hasta Peñalara; al norte, el valle del Riato y la peña de la Cabra, y al sur, allende el pueblo y la magna presa, la serrezuela del antiguo reino de Patones y las llanuras de Madrid y Guadalajara. Olor a jara. Silencio sepulcral. Desierto y mar.
Alojamientos rurales
- Dónde. El pueblo de El Atazar dista 82 kilómetros de Madrid y tiene su mejor acceso por la carretera de Burgos (N-I), desviándose por la N-320 hasta Torrelaguna, para desde aquí seguir por la M-102 hasta Patones de Abajo. Cuatro kilómetros más adelante se halla señalizada la carretera hacia la presa y el pueblo de El Atazar.
- Cuándo. Paseo de 15 kilómetros -ida y vuelta- y cinco horas de duración, con un desnivel acumulado de 600 metros y una dificultad media-baja, sólo recomendable en los días más fríos del año, pues discurre casi por entero entre jarales expuestos al sol. Por eso mismo, debe llevarse agua en abundancia y protección adecuada.
- Quién. La empresa Inatur (teléfono 91 5398717) gestiona el alquiler de los llamados Balcones de El Atazar, alojamientos rurales con interiores de pizarra, vigas de madera a la vista, chimenea, patio, terraza... Una casa con capacidad para cuatro personas sale por 29.200 pesetas el fin de semana completo; para seis personas, por 36.400.
- Y qué más. Cartografía: hoja 20-19 (Valdepeñas de la Sierra) del Servicio Geográfico del Ejército, o equivalente (485) del Instituto Geográfico Nacional; mapa excursionista Sierra Norte, a escala 1:50.000, de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; teléfono 91 5343257).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000